Arte, territorio y docencia: la mirada arquitectónica de Macarena Urzúa

Alumni y académica de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Estudios Creativos de la Universidad Finis Terrae, la cofundadora de Siglo22 Arquitectos analiza su trayectoria interdisciplinaria y los procesos detrás de la instalación CARDUMEN, nominada a Obra del Año 2026 por ArchDaily.

Publicado el 20 de mayo, 2026 · 8 min lectura

Macarena Urzúa es parte de la primera generación de egresados de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Finis Terrae. Actualmente es docente en la misma casa de estudios y cofundadora de Siglo22 Arquitectos. Su relación con la Universidad ha sido parte importante en su trayectoria: “Tengo la misión de educar, y eso implica hacer las cosas bien. La institución me ha tratado excelente, llevo años aquí”, afirma.

Su trabajo integra arquitectura, artes visuales y vínculo con la comunidad. Ese sello se expresa, por ejemplo, en el proyecto realizado junto a la ONG Espacio Lúdico en el cerro Cárcel de Valparaíso, donde colaboró con vecinos y el Club Deportivo Apolo en la recuperación del antiguo estanque de agua del Parque Cultural, transformándolo en un espacio para el encuentro.

Esa búsqueda también ha tenido proyección internacional. En 2016, el proyecto Catch the Landscape, realizado junto a la paisajista Teresa Möller, fue presentado en la Bienal de Arquitectura de Venecia bajo la curaduría del arquitecto chileno y Premio Pritzker Alejandro Aravena. La obra trasladó desechos de bloques de mármol desde una cantera cercana a Calama, en el desierto de Atacama, hasta el Arsenale, antiguo complejo de astilleros en Venecia. Hoy es la única obra chilena permanente en uno de los principales escenarios de la Bienal, estableciendo un diálogo entre territorio, materia y experiencia visual.

El proyecto Catch the Landscape, realizado junto a la paisajista Teresa Möller, fue presentado en la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016.

CARDUMEN: una obra viva en el espacio público

Uno de sus hitos recientes es CARDUMEN, instalación realizada por Siglo22 Arquitectos y nominada a Obra del Año 2026 por ArchDaily, una de las plataformas de arquitectura más reconocidas del mundo.

Inspirada en la sincronía de los bancos de peces, la obra se materializó en un manto de malla de aluminio de 500 metros cuadrados y 15 metros de altura, suspendido por nueve grúas que permitían que la estructura flotara y se moviera al ritmo de las máquinas.

CARDUMEN fue presentada en 2024 en el Parque Bicentenario de Vitacura. Su diseño modular permitía transformarse en escenario, donde se presentaron “Rito y Ofrenda”, del compositor y director Sebastián Errázuriz, y la instalación escénica “Hado”, dirigida por Manuela Oyarzún, en la que actores y músicos dialogaron desde las alturas, creando una atmósfera inmersiva de luz y sonido.

“Son instalaciones que duran cierto tiempo, y ese carácter temporal les otorga una dinámica propia: vienen y se van. Es una arquitectura viva que se activa con conversatorios, obras de teatro y performances; todo eso va generando ese input que la convierte en una obra viva”, explica Macarena.

Resignificar lo cotidiano

—¿Qué valor le da a estas nominaciones y a los premios en general?

—Sirven, porque soy docente y eso me mantiene muy actualizada; es un plus. Las nominaciones y premios que he tenido la suerte de recibir son un orgullo, pero también una responsabilidad frente a mis alumnos. Siento que debo estudiar más y seguir avanzando, porque tengo que transmitir lo que pienso y hago.

—Hace investigación, docencia y proyectos en el mundo privado y público. ¿Cómo se coordina todo ese esfuerzo?

—Todo lo académico tiene su fórmula, pero la arquitectura es otra cosa. Llevo años intentando hacer menos, pero soy una persona muy sociable y cuando estoy con gente, aprendo: me hago amiga de uno y de otro, y termino llena de proyectos. Soy puntual y ordenada, y eso me ha permitido tener un pie en la arquitectura, otro en el arte, otro en la academia, en el paisajismo y en los artículos que escribo. Gracias a la buena memoria que heredé de mi padre y a la capacidad de organización, logro estructurar mi sistema profesional.

—En CARDUMEN, ¿qué desafíos técnicos enfrentaron para instalar las grúas que se movían?

—En el caso de las instalaciones, hay una condición de base: en los parques no se pueden hacer construcciones ni fundaciones por una conciencia medioambiental. Por eso, arrendar un elemento que funcionara como soporte —y que luego pudiera devolverse, dejando el territorio sin residuos— era perfecto.

A veces se utilizan dispositivos como las grúas para resignificar su sentido: estos “alza hombres”, que en la vida cotidiana vemos limpiando vidrios en edificios, en una obra como esta pasan a sostener una pieza de arte en sí misma. Ese cambio de significado de lo cotidiano genera un impacto visual y cuestiona aquello que damos por predefinido. Cuando descontextualizas un objeto y lo usas en una obra, se revaloriza.

Ver esas grúas junto a algunos de los mejores intérpretes de ópera de Chile cantando en altura es impactante. La vida no es blanca o negra, es variable, y el arte, para mí, funciona de esa misma manera.

—¿Cómo fue la reacción del público?

—Este proyecto tiene una cuota de transgresión, porque utiliza elementos que no pertenecen al lenguaje tradicional del arte. Sin embargo, hay una fórmula que aparece cuando los proyectos funcionan como soporte de otras activaciones; eso es, finalmente, lo que impacta.

Es decir, realizar conversatorios bajo la estructura, montar obras de teatro o ver a Ángela Acuña tocando su chelo debajo de la obra: esa es, en el fondo, la verdadera obra de arte, y el público es feliz.

“Confío en mi intuición”

—¿Qué aprendió de esta instalación?

—Soy una persona muy de aire; entonces, diseño e imagino muy bien las cosas, pero todavía estoy al debe cuando las transformo en cuerpos funcionales. Soy muy abstracta; mi lenguaje, en realidad, es difícil de entender, y tengo una teoría en la vida: todo se puede hacer. Siempre estoy llevando los proyectos al máximo desafío estructural, y me he dado cuenta de que CARDUMEN, junto con otro proyecto que estoy desarrollando ahora, no son tan fáciles, porque en Chile aún no tenemos suficiente tecnología para resolver diseños y definiciones avanzadas. Estamos en pañales en temas como la robótica o la configuración de estructuras en movimiento. Diría que mi desafío hoy tiene que ver con avanzar, estudiar, y por eso, en el último tiempo, me he vinculado con diseñadores industriales, porque ahí siento que tengo una deuda.

—¿Cómo enfrenta los procesos creativos?

—Para los trabajos individuales hago maquetas; confío en mi intuición y en el conocimiento previo que he adquirido, y esa confianza me permite crear y experimentar. Creo profundamente en la intuición, pero también soy una persona que ha estudiado mucho. Mi papá era médico, muy estudioso e intuitivo, y siento que heredé eso de él.

Soy una creadora; he aprendido todo tipo de programas de computación para dejar la maqueta de lado, pero la semana pasada me descubrí haciendo una y me reí sola. Hago maquetas de todo: desde una casa hasta una instalación artística, y es muy lindo, porque las leyes que aparecen provienen del aprendizaje y, como te decía, de una intuición que siempre se basa en un conocimiento previo; no surge de la nada. Además, como soy muy aplicada y me gusta aprender y avanzar, siento una responsabilidad como arquitecta que tiene que ver con conocer las condiciones de los materiales en su máxima definición.

Mobilis, instalación de Siglo22 Arquitectos, fue presentada en 2022 en el Parque y Monumento Nacional Ruinas de Huanchaca, en Antofagasta. 

—Hay una pregunta que se repite: ¿por qué en un país tan pequeño tenemos arquitectos tan grandes como Alejandro Aravena y Smiljan Radić, ganadores del Premio Pritzker?

—Te puedo decir que en Chile tenemos grandes arquitectos porque somos muy resilientes. Aquí estamos constantemente resolviendo problemas, porque las cosas no suelen ser fáciles ni vienen dadas en bandeja, y eso nos obliga a desarrollar múltiples procesos creativos a la vez. Hacemos mucho con poco y sabemos reaccionar cuando, por ejemplo, un presupuesto cambia de un momento a otro.

Vivimos lidiando con un sistema desordenado, donde muchas veces la prioridad no está puesta en la arquitectura, y eso nos vuelve ingeniosos. Somos capaces de avanzar incluso cuando un proyecto no resulta. Ese entrenamiento creativo nos hace, a mi juicio, muy particulares en comparación con contextos europeos.

Las veces que hice clases en Italia, vi que son excelentes diseñadores: resuelven muy bien en lo gráfico y presentan proyectos muy lindos. Pero en la estrategia proyectual y creativa, creo que los chilenos estamos en otro nivel. También influye que somos latinoamericanos y tenemos una manera más libre y abierta de enfrentar la arquitectura, menos rígida que en lugares donde casi no se puede intervenir lo existente.

Nuestras realidades nos entregan herramientas distintas, que encuentro fascinantes. Yo, sinceramente, no viviría en otro país que no fuera Chile. Hace poco tuve la posibilidad de irme con proyectos grandes a Dubái, pero decidí que no; no es la línea de trabajo que me interesa.