Por Equipo Vicerrectoría de Investigación, Creación Artística e Innovación
En la última década, los incendios forestales se han convertido en un fenómeno recurrente del período estival en el país. De acuerdo con cifras de la Corporación Nacional Forestal (CONAF), entre 2014 y 2024 el fuego consumió más de 1,7 millones de hectáreas, siendo la región del Biobío la más afectada.
Precisamente esta semana, la zona volvió a enfrentar una emergencia de gran magnitud. Según los últimos balances oficiales, los incendios han dejado 19 personas fallecidas y más de 50 mil evacuados. En localidades como Punta de Parra, en la comuna de Tomé, cerca del 90% de las viviendas fue destruida por las llamas.
Con el paso de los días, junto con la reconstrucción y el restablecimiento de servicios básicos, comienza otro proceso silencioso: la recuperación psicosocial de las comunidades afectadas. En ese terreno se sitúa la línea de investigación de la Dra. Pamela Reyes, académica de la Facultad de Artes, quien desde el cruce entre arte y salud mental estudia las prácticas artísticas en procesos de contención posteriores a desastres ambientales como tsunamis, terremotos e incendios forestales.
“No se puede patologizar el sufrimiento humano. Si la gente tiene miedo o dolor, es razonable, porque no es una enfermedad, es sufrimiento y ese sentimiento se acompaña con otras personas”, señala. En ese marco, agrega la psicóloga, el arte puede ofrecer espacios de recuperación a través de talleres que acompañen a las comunidades afectadas.


El reciente Fondecyt de Postdoctorado adjudicado por la académica se inscribe en ese campo de estudio iniciado tras el terremoto de 2010 y profundizará después en su tesis doctoral, centrada en la evaluación retrospectiva de talleres de artes visuales realizados luego del tsunami en diversas localidades costeras de la región de O’Higgins.
A diferencia de los estudios enfocados en la emergencia inmediata -explica-, su trabajo se ha orientado a analizar los efectos de estas experiencias artísticas a mediano y largo plazo, observando después de años ocurridos los eventos.
¿Cómo se manifiesta el potencial del arte en este contexto?
“Las herramientas que ofrece el arte son fundamentalmente simbólicas y de contención. Hay cosas que la cabeza sabe, pero que no son suficientes para procesar lo que pasó. Hay experiencias que se trabajan de forma más interna, y eso ocurre cuando se hace algo en compañía de otros, cuando hay otros seres humanos receptivos. Yo creo que ahí está el poder del arte”.
Uno de los ejemplos que estudió corresponde a talleres de cartografía colectiva realizados con niños y jóvenes después del terremoto de 2010. En ellos, los participantes dibujaban sus barrios, recorridos y espacios cotidianos, superponiendo colores y trazos en grandes mapas compartidos.
“Los niños contaban que los colores pasaban de un dibujo a otro. Por ejemplo, el azul del mar aparecía en el trabajo del compañero. Se sentía la presencia del otro, y eso contenía. No había que explicar nada. Pasaba en el hacer. Fue muy bonito ver y experimentar eso”, relata la académica.



Para Reyes, el arte se incorpora como una respuesta que entra en juego cuando las urgencias materiales ya han sido atendidas. No reemplaza otras formas de apoyo, pero actúa en otro plano: el simbólico. En ese contexto, agrega, “comienza un tipo de recuperación más silenciosa, ligada a la posibilidad de volver a habitar el entorno y reconstruir los vínculos interpersonales y comunitarios”.
¿Ha sido considerada la arteterapia dentro de las políticas públicas?
“Es muy reciente todavía. Quizás con este postdoctorado estamos abriendo la posibilidad de que los fondos y las agencias valoren estas miradas. El Ministerio de Salud ha incorporado terapias complementarias en algunos programas, pero no existe una política pública que integre de manera explícita las prácticas artísticas en los procesos de recuperación psicosocial tras desastres”.
Desde el sector cultural, añade, hay financiamiento para proyectos en territorios afectados, pero sin criterios compartidos: “Se apoyan muchas iniciativas desde el Ministerio de las Culturas, pero todavía no sabemos bien cuáles funcionan mejor o por qué. No todos los proyectos producen los mismos efectos”.
Por ello, la Dra. Reyes busca generar evidencia sistemática que pueda contribuir a orientar decisiones institucionales futuras.
¿Qué implica pensar la recuperación desde una perspectiva comunitaria?
“Significa no entender al individuo como algo aislado, ni sus emociones como un fenómeno separado. Las personas están situadas en un contexto histórico, con vínculos, un territorio y trayectorias que influyen en cómo se vive un desastre y en cómo se procesa después. Por lo mismo, las intervenciones artísticas deben considerar esa dimensión social y cultural”.
Las artes como una forma de acompañamiento
El proyecto Fondecyt se desarrollará en zonas afectadas por incendios urbanos y forestales, como la ciudad de Valparaíso y la comuna de Melipeuco, en la región de La Araucanía, e integrará un equipo interdisciplinario junto a las artistas visuales Paloma Villalobos y Ana María Briede.
Para la académica, el alcance del estudio busca ir más allá del ámbito universitario. “No se trata solo de investigar por investigar. Hoy se financian muchas iniciativas en territorios afectados, pero no siempre sabemos qué funciona, cuáles son sus efectos en el tiempo o en qué condiciones se desarrollaron. Falta una mirada de largo plazo”, señala.
Esa preocupación se ha ido formando a partir de su trabajo en terreno y de la observación sostenida de procesos posteriores a distintos desastres, entre ellos investigaciones realizadas tras la erupción del volcán Chaitén, en la región de Los Lagos.
En ese período posterior, explica, el arte no sustituye la reconstrucción ni la atención en salud, pero puede ofrecer otro tipo de sostén emocional. “El dolor no desaparece cuando se retiran los escombros, por eso todavía queda mucho por acompañar”, concluye la académica de la Facultad de Artes de la Universidad Finis Terrae.