“Formar profesionales exigentes sin perder de vista a las personas”: la apuesta de Miguel Vargas, nuevo decano de la Facultad de Economía y Negocios

El economista busca imprimir un sello propio a la facultad, articulando emprendimiento, investigación con impacto y una mirada crítica sobre los nudos que frenan el crecimiento de Chile.

Publicado el 2 de junio, 2026 · 6 min lectura

Miguel Vargas llegó a la Universidad Finis Terrae con una sólida trayectoria para asumir como decano de la Facultad de Economía y Negocios (FEN).

Es ingeniero en Transporte de la Universidad Católica de Valparaíso, magíster en Economía de la Universidad de Chile y doctor en Economía de la University of Reading, en Inglaterra.

Su carrera académica se ha desarrollado en la Universidad Federico Santa María, la Universidad de Chile, la Universidad Diego Portales, donde dirigió el Departamento de Economía, y la Universidad Andrés Bello, donde también se desempeñó como decano de la Facultad de Economía y Negocios.

Además, ha sido profesor visitante de la University of Cambridge y consultor del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y del Lincoln Institute of Land Policy. Sus investigaciones se han centrado en Economía Urbana, Organización Industrial y Dinámicas Sociales, y es investigador adjunto del Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES).

Desde esa experiencia —académica, investigativa y de gestión—, este año asumió el desafío de conducir una facultad a la que quiere imprimir un sello propio: emprendimiento, investigación con impacto y una mirada crítica sobre los nudos que frenan el desarrollo del país.

Emprendimiento e investigación con impacto

—¿Qué lo motivó a asumir este desafío?

—Me motivó asumirlo porque la Universidad Finis Terrae me convoca con un enfoque claro. Su mirada centrada en las personas y su coherencia institucional coinciden con lo que para mí es importante en la educación. Formar profesionales exigentes sin perder de vista a las personas es una perspectiva que he buscado mantener en mi propia trayectoria. He recorrido la academia desde distintos roles, y esa experiencia me ha permitido conocer de cerca cómo se desarrollan la docencia, la investigación y la vinculación con el entorno. Eso es muy valioso para la gestión académica. Cuando surgió la posibilidad de trabajar en la FEN, vi una oportunidad concreta para aportar con lo que he aprendido. Acepté porque creo en el proyecto educativo de la Universidad.

¿Cuál es el sello que quiere imprimir a la facultad?

—Me parece fundamental que los proyectos académicos sean apropiados por todos quienes forman parte de la comunidad. Imponer iniciativas desde arriba tiende a generar procesos más difíciles de implementar y, a la larga, menos exitosos. Quiero que cualquier proyecto que empujemos sea sentido emocionalmente por el equipo: que haya una épica detrás que los movilice, más allá de las responsabilidades contractuales.

En cuanto a contenidos, veo dos grandes líneas. La primera es el emprendimiento. Si analizamos el perfil de nuestros estudiantes, es probable que un porcentaje importante de ellos emprenda. Las herramientas del emprendimiento son probablemente las que más van a agradecer y las que mejor se alinean con sus trayectorias profesionales.

La segunda es la investigación con impacto real en la comunidad: no encerrada en el aula o en la oficina de los profesores, sino abierta a la sociedad, orientada fundamentalmente a la microeconomía, la organización industrial, la competencia y la productividad. Son áreas que el país necesita desarrollar con urgencia. Chile requiere ser más productivo, y eso pasa por mayor capital humano, reglas claras, buenas regulaciones y más competencia. El inglés, la internacionalización y la tecnología deben estar presentes en cada una de estas áreas. El emprendimiento, en particular, debe vincularse necesariamente a lo tecnológico.

Los nudos del crecimiento en Chile

Usted plantea que el crecimiento es, ante todo, una revolución microeconómica. ¿Qué significa eso en concreto para Chile hoy?

—Nuestro país ha ido desacelerando sus tasas de crecimiento. Hubo una explosión a finales de los años 80 y durante la década de los 90, impulsada por reestructuraciones macroeconómicas: la apertura comercial, la disminución de aranceles y la creación de un Banco Central autónomo, entre otros elementos que transformaron a Chile en un destino atractivo para la inversión. Crecimos en torno al 7% anual y pasamos de ser probablemente el tercer país más pobre de la región a ser el de mayor ingreso per cápita.

Sin embargo, en los últimos años hemos perdido posiciones. El problema de fondo es que aquella reestructuración macroeconómica resultó insuficiente, y hemos llegado a una meseta. Además, creyendo que estábamos cerca de convertirnos en un país desarrollado, adoptamos políticas públicas propias de economías ricas, sin haber logrado aún que el desarrollo llegara a todos los ciudadanos.

Hoy necesitamos retomar ese crecimiento, y eso pasa por el funcionamiento de los mercados, el capital humano y la productividad. Mira, por ejemplo, el caso de las fintech, o empresas de tecnología financiera: al competir con la banca tradicional, democratizan el acceso a servicios financieros y reducen costos, pero han tenido que abrirse camino forzando regulaciones que originalmente las obstaculizaban. Ese es precisamente el cambio que el país necesita.

¿Se sobrediagnostican factores externos como el precio del cobre y se subestiman los problemas internos?

—Existe un mito que conviene desmontar: se suele pensar que exportar materias primas implica ausencia de tecnología, y eso es incorrecto. La minería de punta requiere profesionales altamente capacitados y tecnología de vanguardia. Lo mismo ocurre con la agricultura —lograr que una fruta llegue en óptimas condiciones tras días de transporte marítimo exige soluciones muy sofisticadas— y con el manejo forestal, donde Chile es más eficiente que Canadá. Tener recursos naturales en nuestra matriz productiva no significa que no haya innovación detrás.

Dicho esto, debemos avanzar hacia los servicios. No vamos a fabricar semiconductores ni microchips, pero sí hay áreas donde podemos tener presencia importante. Lo esencial es construir un ecosistema propicio para la inversión: regulaciones claras y estables, carga tributaria razonable, certeza jurídica. Un inversionista con reglas claras sabe si le conviene venir; con reglas estables, sabe si le conviene quedarse. El espíritu que debe motivar las regulaciones no puede ser solo controlar o recaudar, sino impulsar crecimiento y desarrollo.

El primer invitado al ciclo Diálogos para el Desarrollo fue Vittorio Corbo, economista y expresidente del Banco Central.

El ciclo Diálogos para el Desarrollo es una iniciativa de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad Finis Terrae. ¿Qué espera que los estudiantes y la audiencia se lleven de estas conversaciones?

—El objetivo más directo es tener presencia en el debate público sobre los temas que nos parecen relevantes, tanto para nuestros estudiantes como para la comunidad. Queremos abrir la Universidad a un espacio de debate sobre ideas con impacto real en el quehacer cotidiano, que involucre a nuestra comunidad académica —profesores y estudiantes— y que también esté abierto a cualquier persona interesada en escuchar, debatir y conocer la opinión de quienes tienen experiencia y trabajo relevante en las áreas abordadas.