Libro “Las puertas del mundo”

Felipe Assadi

Habitante de la complejidad

Cómo mover el límite disciplinar de la arquitectura es la pregunta constante de este destacado creador y académico que hoy lidera la Facultad donde él mismo se formó.

Felipe Assadi Figueroa Decano de la Facultad de Arquitectura y Diseño de la Universidad Finis Terrae.

Felipe Assadi no vive en una casa diseñada por él. Es más, el reconocido arquitecto nacional, estudiante y decano de la Facultad de Arquitectura y Diseño de la Universidad Finis Terrae, nunca lo ha hecho. Una paradoja que bien refleja la complejidad de los procesos reflexivos con que este creador de espacios habitables enfrenta su profesión.

“Soy bien urbano”, dice, instalado en el living del bungalow al que llegó hace tres años en Vitacura. “Me gustan los centros. Feliz habría vivido en el centro si no fuera porque tengo hijos que tienen sus colegios en este sector. Se me hace un poco complejo no vivir cerca de donde se estudia o trabaja. Perderse la mitad de la vida andando de un lado para otro, no es calidad de vida”, declara quien por más de una década sostuvo una columna de urbanismo en la revista “Vivienda y Decoración” de El Mercurio. Está acostumbrado a criticar la ciudad, a ver con preocupación cómo Santiago ha huido de sí mismo hacia los extremos y las alturas, transformando al centro en una nueva periferia. Si pudiera pedir un milagro, dice que sería crear una nueva capital desde cero.

Creo que todos buscamos cosas distintas. Yo busco la mayor cantidad de horas de luz de sol posible. Necesito que entre el sol, es la base de la calidad de vida. Busco también que tenga una arquitectura adecuada para mí, que tenga un valor espacial, sino no me funciona. Siempre he vivido en casas así. Cuando recién me casé viví en un departamento de estilo afrancesado que hay en Renato Sánchez con Gertrudis Echeñique. Son cuatro edificios iguales en las cuatro esquinas. Cielos muy altos, más que lo habitual, espacios bien definidos, piso de parqué. Se crea un entorno muy interesante entre los cuatro edificios, un espacio urbano que termina siendo una plaza.

Para el arquitecto la organización del espacio también es fundamental: “La planta debe ser inteligente, con la menor cantidad de espacio residual. Eso te organiza finalmente la vida al interior de tu casa. Si la planta es mala, vamos por mal camino. Por ejemplo, esta casa es chica, un DFL2, que son casas de 139 m²; pero tiene una distribución que es muy eficiente que además hace que el sol se meta por todos lados a todos los recintos, buena ventilación cruzada, vistas que no se topan, el verde del exterior se mete al interior.

Assadi pierde la mirada a través de los grandes ventanales de su hogar diseñado por Horacio Borgheresi, destacado arquitecto que fue decano de Arquitectura de la PUC a fines de los 60. Hacia el fondo de esta sobria y cálida construcción se divisa una galería vidriada que conecta con los dormitorios. Desde todos los rincones se puede sentir la entrada de la luz del sol a raudales y observar los cuidados antejardín y jardín.

El ahora decano de su propia escuela, donde llegó a formarse como miembro de la segunda generación de arquitectos Finis, cuenta que esta tarde pasó un largo rato en este iluminado living, recostado sobre el sofá, tratando de encontrar una respuesta a cómo ejercer su oficio con más eficiencia, dejando espacio mental libre a la creatividad.

A los 52 años, quien fue destacado a los 29 por el colegio de la orden como el Mejor Arquitecto Joven, aún busca respuestas en su interior sobre cómo hacer más sustentable su trabajo.

Muchas veces viene alguien a la oficina y me dice: “Vengo porque quiero una casa”. Les pregunto: “Ok, ya sabes lo que quieres. ¿Y sabes cómo la quieres?”. Me dicen: “Sí, mi casa es….”. Me la describen como si yo fuera una especie de bot de inteligencia artificial que tuviese que, automáticamente, darles ese resultado. Yo no hago eso. Les digo que si ya tienen pensada la casa a lo mejor hay que ir a la constructora directamente y saltarse el arquitecto, que es un tipo que los va a enfermar de la cabeza. Porque los arquitectos llenamos de cuestionamientos. Y para eso se requiere mucha paciencia y mucho tiempo. Finalmente, los mejores proyectos se han dado cuando hay más preguntas que respuestas en la relación.

La última casa que terminé, que es una casa redonda en Puertecillo.

No, no es tan difícil. Lo bueno es que no tiene arañas de rincón-, bromea.

“Llegaron a la oficina y dijeron: ‘Queremos una casa que en el segundo piso del cubo...’. Ahí les dije: ‘A ver, momento. No existe la casa, pero ¿ya tiene dos pisos y es un cubo?’. Seguí: ‘Yo no sé si voy a hacer un cubo de dos pisos. A lo mejor lo que ustedes quieren es estar en ese nivel del paisaje ¿no?’… Esa era una pregunta, no una respuesta. Me dijeron que sí. Después indagué: ‘Y estar arriba de las copas de los árboles, no es lo mismo que un segundo piso, ¿no?’ Me dijeron que justo eso era. La pregunta que seguía era: ¿Por qué quieren estar ahí arriba? Y me dijeron que porque el paisaje es lindo. Pregunté. ‘¿Para qué lado?’. Y me dijeron que para todos. Entonces, fuimos al lugar, me subí a un andamio y me di cuenta de que no era como ellos lo estaban pensando. Cuando volvieron a la oficina por el anteproyecto y vieron la maqueta, que era un disco tipo platillo volador, arriba de unas patitas, se quedaron mudos, de una pieza.

Casa Caruz estuvo terminada en 2022 después de que Felipe Assadi logró vencer el estupor inicial y transmitirles su visión: “Cuando se las expliqué, ellos visualizaban mi explicación si cerraban los ojos. Era justo lo que ellos estaban pensando, pero desde otro punto de vista. Lo interpreté de manera mucho más global, más amplia, más abierta, con muchas más posibilidades: un panóptico con vistas de 360º, con una fluidez espacial que hacía que la familia estuviese siempre en torno a ella misma. Y con un patio interior que los protegía del viento del exterior. Fue la reunión más corta que he tenido. A los diez minutos los convencí”, recuerda el autor de otros elogiados proyectos residenciales, como Casa H o Casa Deck.

Assadi recuerda que a la base de su lógica, centrada en el cuestionamiento espacial, resuenan los ecos de lo que alguna vez le comentó un profesor de la Finis: “Me contó que alguien le pidió un hospital, una clínica mental. Y se la describió perfecto, sabía cómo tenía que ser un hospital de la mente. Pero mi profesor le dijo: ‘Mira, todo lo que tú me dices apunta a tener un hospital y a lo mejor lo que necesitamos no es un hospital. Quizás necesitamos un espacio de sanación’”.

ESTRUCTURA DE UNIVERSIDAD

En la mente de Felipe Assadi constantemente circulan variables como el paisaje que intervendrá con la obra, la materialidad de ésta o su paleta de color. Tendido sobre su sofá, quisiera lograr que al menos un par de ellas se mantuvieran siempre constantes para poder dedicarle más tiempo a resolver la ecuación creativa que él mismo se autoimpuso: “La estructura es previa a la arquitectura”, define. Y explica: “Me propuse que la arquitectura fuese su propia estructura, antes de ser arquitectura. No es lo mismo estructurar una habitación que habitar una estructura. A mí me parece más importante habitar una estructura. Eso significa entender el valor espacial que existe en ella, y eso es una concepción anterior a la arquitectura, tiene que soportarse a sí misma. Luego, un montón de otras cosas vienen aparejadas. Cuando uno entiende la arquitectura como su propia estructura, aparece la materialidad de forma prácticamente inseparable. Y esa materialidad viene, además, con un método constructivo y, por lo tanto, arquitectura y construcción empiezan a ser indivisibles. Se amarran las variables. Y se forma una simbiosis exquisita entre todas las cosas que uno tiene que pensar, que son muchas”.

No sé si hay un vínculo directo. Una carrera universitaria te abre la cabeza, te hacen mirar el mundo con otros ojos. Cuando estudié el plan común que tenía la Finis con Diseño era una especie de clínica de la composición que duraba dos años. Me rayó. O sea, estaba viendo y aprendiendo cosas que jamás pensé que iba a ver y aprender. Creía que en Arquitectura haríamos maquetas desde el primer día. Y no. Estuve dos años esperándolo. Por un lado, había una suerte de desesperación de no hacer arquitectura propiamente tal, como sí hacían compañeros de colegio que estudiaron en otras universidades. Pero, por otro lado, sabía que me estaba llenando de un conocimiento que era súper importante. No era complementario, era basal. Y no lo entendí hasta que pasaron varios años.

Naturalmente. En el segundo semestre de mi carrera empecé a ser ayudante de un par de profesores. Me formé al mismo tiempo que formé. En el momento en que decidí aprender, empecé a enseñar; para mí entonces aprender y enseñar es indivisible. De hecho, no concibo una carrera de arquitecto sólo en el ámbito de la práctica profesional. El ejercicio de la arquitectura debiera complementarse con una cuota de docencia y así considerar constantemente la reflexión crítica. Se necesita esta buena mezcla para tener una carrera compleja y completa. Sólo así se puede llegar a romper paradigmas, desplazar constantemente los límites disciplinares hacia algún lado.

Naturalmente. En el segundo semestre de mi carrera empecé a ser ayudante de un par de profesores. Me formé al mismo tiempo que formé. En el momento en que decidí aprender, empecé a enseñar; para mí entonces aprender y enseñar es indivisible. De hecho, no concibo una carrera de arquitecto sólo en el ámbito de la práctica profesional. El ejercicio de la arquitectura debiera complementarse con una cuota de docencia y así considerar constantemente la reflexión crítica. Se necesita esta buena mezcla para tener una carrera compleja y completa. Sólo así se puede llegar a romper paradigmas, desplazar constantemente los límites disciplinares hacia algún lado.

“Llegaron a la oficina y dijeron: ‘Queremos una casa que en el segundo piso del cubo...’. Ahí les dije: ‘A ver, momento. No existe la casa, pero ¿ya tiene dos pisos y es un cubo?’. Seguí: ‘Yo no sé si voy a hacer un cubo de dos pisos. A lo mejor lo que ustedes quieren es estar en ese nivel del paisaje ¿no?’… Esa era una pregunta, no una respuesta. Me dijeron que sí. Después indagué: ‘Y estar arriba de las copas de los árboles, no es lo mismo que un segundo piso, ¿no?’ Me dijeron que justo eso era. La pregunta que seguía era: ¿Por qué quieren estar ahí arriba? Y me dijeron que porque el paisaje es lindo. Pregunté. ‘¿Para qué lado?’. Y me dijeron que para todos. Entonces, fuimos al lugar, me subí a un andamio y me di cuenta de que no era como ellos lo estaban pensando. Cuando volvieron a la oficina por el anteproyecto y vieron la maqueta, que era un disco tipo platillo volador, arriba de unas patitas, se quedaron mudos, de una pieza.