¿Qué significa ser hombre hoy? La pregunta parece sencilla, pero detrás de ella se despliega un entramado de imágenes, mandatos, afectos y aprendizajes culturales que durante décadas han definido —y también limitado— las maneras posibles de habitar la masculinidad.
Sobre esa pregunta giró una nueva sesión de En clave femenina, ciclo organizado por la Vicerrectoría de Investigación, Creación Artística e Innovación de la Universidad Finis Terrae, que busca abrir espacios de conversación en torno al género desde perspectivas diversas. Bajo el título “Masculinidades: imágenes, afectos y transformaciones”, el encuentro reunió al artista visual y académico César Gabler, al escritor y académico Gastón Carrasco y al psicólogo y fundador de Ilusión Viril, Pedro Uribe Roncallo.
En esta oportunidad, el ciclo amplió la conversación sobre género para abordar los modelos de masculinidad reproducidos durante generaciones por la literatura, el cine, las revistas y la publicidad, junto con sus efectos en las identidades, los afectos y las relaciones sociales.
Los invitados destacaron especialmente la posibilidad de abordar estas preguntas desde distintos campos. “Me pareció muy interesante compartir experiencias, puntos de vista de académicos, investigadores de distintos ámbitos, y cómo además cada uno no solo se refería a su propia disciplina, sino que lo complementaba con experiencias personales. Siempre es enriquecedor este tipo de actividades porque hay un montón de cosas de las que uno tiene que salir y tomar nota para seguir investigando y aprendiendo”, señaló César Gabler.
Pedro Uribe Roncallo valoró tanto el enfoque del ciclo como la conversación desarrollada durante la actividad. “Primero agradecer por la instancia, lo pasé súper bien, me sentí muy cómodo y la verdad es que en Clave Femenina se ve que hay un trabajo detrás, profundo, comprometido, para poder instalar estas temáticas desde estas distintas disciplinas. En particular creo que la conversación fue súper interesante; me gustaron mucho los aportes de mis compañeros, además de ser un diálogo muy nutritivo en lo intelectual”, afirmó.
Por su parte, Gastón Carrasco destacó la participación del público y la diversidad de preguntas que surgieron. “Siempre es buen diagnóstico de este tipo de instancias es cuando uno ve muchas manos levantarse y con preguntas muy distintas. Creo que eso tiene que ver con la naturaleza de la conversación, que fue muy fluida y desde ámbitos muy abiertos”, sostuvo el académico y escritor.


“Los hombres que aprendimos a mirar”
El artista y académico de la Facultad de Artes llevó la conversación hacia el territorio de las imágenes. Buena parte del imaginario masculino del siglo XX, explicó César Gabler, se construyó a través de productos culturales que ofrecieron verdaderos repertorios sobre cómo vestir, mirar, desear y comportarse.
Las revistas masculinas —con Playboy como uno de los ejemplos paradigmáticos— no solo instalaron determinadas representaciones de las mujeres, también proporcionaron a generaciones de hombres un vocabulario sobre estética, moda, belleza y deseo. Al hacerlo, contribuyeron a modelar una cierta idea de masculinidad.
Algo similar ocurre con uno de los grandes íconos cinematográficos del siglo XX: James Bond. Elegante, autosuficiente, seductor e imperturbable, el agente 007 representa la fantasía del hombre capaz de controlar cualquier situación. Pero detrás de esa superficie, observó Gabler, aparece un personaje atormentado, obligado a sostener permanentemente su propia invulnerabilidad.
El cine clásico ya dejaba algunas pistas. En numerosas películas noir y relatos de gánsteres, los personajes masculinos se toman la cabeza, se desploman sobre una mesa o recurren a gestos físicos para manifestar desesperación. Hay emociones, pero su repertorio expresivo es estrecho. La fragilidad puede aparecer, siempre que no amenace demasiado la identidad masculina.
De ahí surgió otra pregunta: ¿sigue siendo útil la figura del héroe tradicional? La cultura contemporánea parece debatirse entre conservarla y desmontarla. Mientras grandes industrias culturales insisten en reproducir el mito heroico, otras narrativas —entre ellas algunas provenientes del anime— han abierto espacio a protagonistas incompletos, contradictorios o incapaces de estar a la altura del héroe clásico.
La literatura como laboratorio de emociones
Gastón Carrasco trasladó la discusión desde las imágenes hacia la literatura y los afectos. A partir de su libro Monstruos marinos, abordó los espacios masculinos como territorios donde también se aprende qué puede sentir un hombre y, sobre todo, qué puede mostrar.
El monstruo marino funciona entonces como algo más que una criatura: puede ser leído como representación de aquello que amenaza, desborda o atemoriza a una masculinidad construida sobre la expectativa del control.
En torno a referentes de la tradición literaria vinculada al mar surgió además la noción de espacios homoafectivos: lugares de convivencia entre hombres donde circulan la amistad, la admiración, la lealtad, el miedo y la dependencia mutua, sin que esos vínculos deban interpretarse necesariamente desde una dimensión erótica.


El académico de la Escuela de Literatura recordó también experiencias de escritura construidas en comunidad, donde la amistad entre escritores permitía una doble apertura: la de los textos, sometidos a la mirada de otros, y la de quienes participaban de esos vínculos.
La reflexión adquirió entonces una dimensión que excede a la literatura. En sociedades marcadas por el individualismo, ¿qué lugar conserva la amistad masculina como espacio de intimidad, cuidado y conversación? Desde allí emergió una de las ideas más sugerentes del encuentro: pensar la literatura como un “laboratorio de emociones”. Leer permite experimentar, a través de otros, afectos y situaciones que quizá nunca hemos vivido. La ficción amplía así nuestro repertorio emocional: nos entrega palabras, escenas y experiencias con las cuales reconocer aquello que sentimos.
El costo de no mostrarse vulnerable
Hacia las relaciones contemporáneas Pedro Uribe Roncallo llevó la conversación. Aunque las masculinidades han cambiado, sostuvo, persisten el miedo y la perplejidad frente a nuevas formas de relacionarse. Para muchos hombres continúa siendo difícil mostrarse frágiles ante otros hombres y también ante las mujeres. El costo de esa imposibilidad puede ser alto: la soledad, sostuvo el invitado.
Cuando la pareja se transforma en el único espacio legítimo para expresar afectos, temores y necesidades, el vínculo termina soportando una carga difícil de sostener. La ausencia de redes afectivas diversas puede producir relaciones de dependencia en las que la pareja deja de ser solo compañera para asumir funciones de cuidado emocional que deberían distribuirse entre amistades, familias y comunidades.
La era digital agrega otra paradoja. Nunca habíamos contado con tantas posibilidades para conectarnos y, sin embargo, determinados grupos masculinos encuentran en internet espacios donde la frustración y el aislamiento pueden transformarse en resentimiento. Uribe se refirió a comunidades como incels, red pill o black pill, en las que experiencias de rechazo o dificultades para establecer relaciones sexoafectivas pueden articularse a través de discursos hostiles hacia las mujeres.
Poner nombre a lo que sentimos
En la parte final del encuentro, Pedro Uribe Roncallo planteó que uno de los desafíos actuales es ampliar el vocabulario emocional de los hombres. Para el psicólogo, reconocer y nombrar la tristeza, la frustración, el miedo, la ternura, los celos o la vulnerabilidad permite interpretar mejor esas experiencias y decidir cómo actuar frente a ellas. De ahí la importancia de una alfabetización afectiva.
Nombrar la tristeza, la frustración, el miedo, la ternura, los celos o la vulnerabilidad no constituye un gesto menor. El lenguaje permite reconocer experiencias y, al reconocerlas, comenzar a decidir qué hacer con ellas. Por ello, literatura, artes visuales, cine y cultura popular adquieren así una dimensión que supera ampliamente la representación. Las imágenes y relatos no solo muestran masculinidades: participan activamente en su producción. Si durante décadas enseñaron determinadas formas de ser hombre, también pueden contribuir a imaginar otras.
Quizás por eso una de las metáforas surgidas durante el encuentro resulta especialmente sugerente: pensar el presente como una suerte de pubertad cultural en materia de género. Un momento incómodo, contradictorio y todavía inacabado, en el que identidades y roles que parecían estables están siendo nuevamente negociados. La pregunta ya no parece ser, entonces, cuál es el modelo correcto que debería reemplazar al anterior. Tal vez se trate precisamente de abandonar la necesidad de un modelo único.
También en las relaciones de pareja los roles pueden negociarse y renegociarse. También los hombres pueden construir amistades capaces de alojar vulnerabilidad y cuidado. También la ficción puede abandonar al héroe invencible para dar espacio a personajes frágiles, contradictorios e incompletos. En ese sentido, preguntarse qué significa ser hombre hoy no conduce a una definición cerrada. Abre, más bien, un campo de posibilidades.
Y quizá allí radique una de las transformaciones más profundas: pasar de una masculinidad entendida como una promesa que debe cumplirse —ser fuerte, proveedor, exitoso, deseable, autosuficiente— a masculinidades capaces de reconocerse como construcciones abiertas, susceptibles de ser revisadas a medida que cambian los afectos, los vínculos y las sociedades. Porque si aprendimos culturalmente ciertas formas de ser hombres, la cultura, el arte y la conversación también pueden ayudarnos a imaginar otras.
La sesión formó parte de las actividades de Finis Hub y fue organizada por la Vicerrectoría de Investigación, Creación Artística e Innovación de la Universidad Finis Terrae.
