Kênio Estrela llegó a Chile en marzo de 2015 para hacer un doctorado en Filosofía en la Pontificia Universidad Católica. Se quedó once años. En el camino hubo un intercambio de diez meses en Canadá, una tesis sobre holismo semántico moderado y, más recientemente, un artículo que lo llevó a cruzar su especialidad —la filosofía del lenguaje— con el terreno de la inteligencia artificial, hoy convertido en uno de los principales debates tecnológicos y sociales.
El resultado es “The Stability Problem after Holism: Toward a Contextualist Metasemantics for Human and Artificial Interpretation”, publicado en AI & Society, revista interdisciplinaria que reúne investigaciones desde la filosofía, las humanidades, las ciencias sociales y la ética en torno al desarrollo de la IA.
Estrela habla rápido, con las manos, dando vueltas alrededor de una idea hasta encontrar el ángulo exacto. Detrás de esa forma de conversar hay un método: llevar preguntas que parecían resueltas —¿qué significa comprender?, ¿qué significa comunicarse?— de vuelta al centro de la discusión, justo cuando los chatbots suenan cada vez más como si entendieran.
Del holismo semántico a la IA
¿Cómo llega a interesarse en el problema de la estabilidad semántica, y qué lo motivó a retomarlo justo ahora, en el contexto de la inteligencia artificial?
“Parte hace muchos años”, cuenta. En 2015, recién llegado a Chile, su director de tesis, José Tomás Alvarado, le presentó el problema del holismo semántico. De ahí salió su doctorado, titulado justamente Holismo semántico moderado, centrado en el contexto como condición fundamental para que las personas puedan comprenderse entre sí.
Con el tiempo llegaron las publicaciones, la sistematización de la tesis junto al profesor Henry Jackman, de la Universidad de York (Canadá), y aplicaciones del modelo a distintos fenómenos lingüísticos, incluida la obra de Machado de Assis.
“Este año, llegué a la inteligencia artificial”, dice. “La utilizo como un caso de estrés: trato de explicar cómo el significado puede mantenerse suficientemente estable, incluso cuando las personas no tienen las mismas creencias ni las mismas experiencias de vida”.
Por eso eligió una revista interdisciplinaria, que hablara el mismo lenguaje que la inteligencia artificial. “Para algunos puede parecer como poner en riesgo todo lo que es la filosofía —reconoce—, pero para mí es una oportunidad de poner a la persona en el centro”.
Entendernos sin pensar igual
Usted plantea que el problema de la estabilidad semántica está mal planteado desde el inicio. ¿Podría explicar esa distinción?
Estrela plantea que justamente ahí está la gran novedad de su trabajo: un cambio de pregunta. “Tradicionalmente nosotros planteamos la pregunta de cuánto tenemos que compartir en nuestras creencias para poder entendernos”, explica. Pero para el investigador el peso debería estar en otro lugar. “Para mí eso es una taza de café, pero para usted puede ser un vaso, y para otro puede ser, no sé, una copa. Yo cambio la pregunta y la planteo desde una mirada distinta: ¿qué condiciones hacen que determinadas interpretaciones sean admisibles y otras no?”. Es un desplazamiento desde las creencias mismas hacia las condiciones que dan el trasfondo compartido para entenderse. “El contexto deja de ser solamente el telón de fondo de la comunicación”, resume, y ahí aparece el concepto que da título a su artículo: el holismo contextualista. “Es poner más peso en las reglas del juego de la comprensión entre nosotros que en el repertorio que tenemos para comprender”.
El resultado, dice, es liberador. “La estabilidad semántica no exige una uniformidad. No necesitamos pensar exactamente igual para poder entendernos. Siempre hay un esfuerzo, hay una colaboración entre nosotros. Podemos tener creencias diferentes, e incluso estar profundamente en desacuerdo, pero conservar un espacio común de interpretación. Ahí se da la comunicación”.
“Podemos tener creencias diferentes, e incluso estar profundamente en desacuerdo, pero conservar un espacio común de interpretación. Ahí se da la comunicación”.
¿Y en qué cambia esto la forma en que deberíamos pensar la comunicación entre humanos e inteligencia artificial, más allá de la filosofía académica?
“No hay que cambiarla”, responde, “pero nos da la oportunidad de pensar un poco más sobre preguntas fundamentales. Por ejemplo, ¿qué significa comprender?”. La discusión pública sobre los chatbots, dice, suele saltar directo a la conclusión: si la conversación funciona, la máquina está comprendiendo, comunicando, correspondiendo. Estrela no lo niega del todo. “Se ha probado que los chatbots pueden cumplir con algunas reglas del juego, y eso nos da la oportunidad de comunicarnos. Pero tenemos que entender que el centro está en cómo nosotros construimos todo eso”.
Ahí traza la línea que sostiene su artículo: la estabilidad del significado depende más de las condiciones compartidas de interpretación que de creencias idénticas, y eso permite que un sistema de IA se coordine lingüísticamente sin comprender como una persona. Si comprende o no, apunta, “depende de qué estamos llamando exactamente comprender”.
Pone un ejemplo doméstico. “Cuando hablamos de si una interacción es exitosa, si voy a hablar con un chatbot y le pido una receta o le pregunto algo sobre mí, es exitosa dentro de un contexto específico. Pero no tenemos el trasfondo epistemológico —que es complejo— de lo que significa ser un interlocutor”. Esa pregunta, admite, no la va a resolver él. “Pero la filosofía sí, y la filosofía del lenguaje específicamente —que algunos ven hoy en día como algo menor— tiene un espacio muy importante en plantear estas preguntas: qué es comprender, cuánto podemos comprender, hasta dónde podemos llegar”.
“La filosofía del lenguaje específicamente —que algunos ven hoy en día como algo menor— tiene un espacio muy importante en plantear estas preguntas: qué es comprender, cuánto podemos comprender, hasta dónde podemos llegar”.
El problema, para Estrela, tampoco se queda en la discusión teórica. Lo observa entre sus propios alumnos: el reemplazo de la escritura por el prompt. “Hay alumnos que no quieren escribir más, que solo escriben un prompt y reparan en que la máquina hace el trabajo por uno. Es un gran desafío para la educación”.
Y hay otro fenómeno, más íntimo, que ve crecer en redes sociales: gente que le pide a un chatbot que la defina en una palabra, o que le entrega el rol de psicólogo. “¿Qué autoridad podemos atribuir nosotros a una respuesta producida por la IA?”, plantea. “A veces uno ve un texto muy bonito, bien escrito, con buena estructura, pero de contenido no tiene nada. Personas que le atribuyen a la inteligencia artificial el rol de psicólogo, que entregan sus esperanzas a lo que va a decir ahí, aunque solo tenga palabras bonitas. Es un gran desafío”.
“¿Qué autoridad podemos atribuir nosotros a una respuesta producida por la IA?”.
¿Qué reacciones tiene este análisis dentro de la comunidad de la filosofía del lenguaje?
Estrela se ríe un poco de su propio lugar en el mapa académico. “Me siento cada día más como en una frontera”, dice. “Si uno ve la filosofía analítica en general, muchos han pasado de la filosofía del lenguaje a la filosofía de la mente, y esta ya se cruza con las neurociencias, con la ciencia de datos, con la ética, con los algoritmos, con la inteligencia artificial. Yo estoy en la frontera de la filosofía lingüística”.
Señala que son pocos los colegas que en Chile se dedican estrictamente a la filosofía del lenguaje —nombra a Javier Vidal, de la Universidad de Concepción— y su propio perfil no calza del todo en ningún casillero: “Los colegas de filosofía me ven más tirado para la lingüística, y en lingüística me miran medio raro porque soy tirado para la filosofía. Estoy en un camino más interdisciplinario, y eso me encanta”.
Ese cruce, dice, también cambia su manera de mirar los llamados “problemas” del lenguaje. Pone el ejemplo de la polisemia —una palabra con muchos significados— o la vaguedad, que necesita un parámetro para funcionar. “Que un keniano sea muy flaco necesita un parámetro para comparar con otro keniano, que puede ser que no sea tan flaco”. O el de los falsos cognados, tema de su próximo proyecto: una palabra igual en portugués y en español que él usa mal en Chile. “Usted no entiende, y me pregunta qué quiero decir con eso. Yo corrijo. Algunos colegas de la lingüística ven eso como un problema; yo lo veo como una oportunidad, porque todo se soluciona dentro del contexto”.
Ahí cita a Donald Davidson y su principio de caridad. “Yo abro todo mi conocimiento lingüístico para poder comprenderlo a usted, y usted habla también conmigo como con un extranjero. Probablemente no tengo la misma cantidad de palabras ni el mismo repertorio, pero nos esforzamos para poder llegar a comprendernos. Siempre trato de provocar; donde dicen ‘es un problema lingüístico’, yo digo ‘no, es algo que se soluciona filosóficamente’”.
Estrela insiste en una idea que excede su propia disciplina: que la responsabilidad de poner a la persona en el centro de la conversación sobre inteligencia artificial no puede recaer solo en los programas de formación general o en las escuelas de filosofía. Para el académico, esa discusión tampoco puede quedar confinada a una disciplina. “Es de todas las facultades, de todas las carreras. Que todos los profesores estén alineados, que se pongan la camiseta de eso, y que en toda clase —sea de matemática, de odontología o de ética— podamos entregar el mismo mensaje”. Un desafío institucional, dice, que va más allá del suyo. “Somos únicos e irrepetibles”, remata, citando a la antropología. “Y, lamentablemente, muchas veces eso no pasa”.
¿Y hacia dónde cree que puede llevar esta investigación?
“Me interesa seguir avanzando en este problema de la estabilidad semántica, a partir de esta publicación”, señala.
Ya adelanta un próximo paso: postuló a un fondo de la Fundación John Templeton con un proyecto sobre autoridad, responsabilidad, interpretación y sistemas de inteligencia artificial. “Pero, claro, eso lo postulé. Si lo van a aceptar o no, ya se verá”.