
Los microplásticos, partículas de plástico de menos de cinco milímetros, pueden desplazarse por el agua, el aire o los suelos hasta llegar a los alimentos. Su presencia en el organismo humano ha despertado un creciente interés científico y abierto nuevas preguntas sobre el alcance de nuestra exposición. Manuel Barrientos, economista ambiental y académico de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad Finis Terrae, ha estudiado este problema desde la perspectiva de los consumidores.
“No sabemos cuánto están consumiendo en cada producto, y tampoco sabemos qué tan peligroso puede ser para nosotros, porque varía mucho del tipo de microplástico que puede haber”, explica el investigador.
La incertidumbre en torno a sus efectos abre una dimensión económica: cómo cambia nuestra decisión de consumir un alimento cuando sabemos que puede contener estas partículas. Para la economía ambiental, estudiar esas elecciones permite analizar cuánto valoran las personas reducir su exposición.
En ese cruce entre medio ambiente y comportamiento económico se sitúa el trabajo de Barrientos. Ingeniero comercial y magíster en Economía de Recursos Naturales y Medio Ambiente por la Universidad de Concepción, y doctor en Economía por Durham University, en el Reino Unido, antes de incorporarse a nuestra Universidad participó en CAPES, centro de investigación multidisciplinario dedicado al estudio de las relaciones entre ecología, sustentabilidad y sociedad. Fue en ese contexto donde comenzó a gestarse la investigación sobre microplásticos y consumo.
En 2023, se realizó un experimento de elección con cerca de 2.000 personas que consumían choritos y habían comprado el producto durante los seis meses anteriores. A cada participante se le presentaron distintas alternativas que combinaban formato de venta —fresco, congelado o enlatado—, nivel de depuración, tipo de productor —pescador artesanal, gran acuicultor o productor local— y precio.
“Un chorito que tiene este formato de venta, este nivel de depuración, es producido por este tipo de empresa, cuesta esto, mientras este otro chorito, que tiene diferentes características, podría costar esto. ¿Cuál de los dos ustedes escogerían?”, describe el investigador.
A partir de esas elecciones, los investigadores pudieron estimar cuánto estaban dispuestas a pagar las personas por reducir la probabilidad de que el producto contuviera microplásticos.
¿Por qué el chorito?
La elección no fue casual. Los choritos son bivalvos filtradores: “permanecen fijos y filtran grandes volúmenes de agua para alimentarse, capturando en ese proceso nutrientes, pero también potenciales contaminantes” , explica Barrientos.
Esa característica los convirtió en un alimento especialmente pertinente para estudiar cómo reaccionan los consumidores frente a la posible presencia de microplásticos.
“Los choritos permanecen fijos y filtran grandes volúmenes de agua para alimentarse, capturando en ese proceso nutrientes, pero también potenciales contaminantes”.
Cuando conocer el riesgo cambia la decisión
El experimento contempló un grupo de control, que no recibió información adicional sobre los riesgos asociados a los microplásticos, y tres grupos a los que se entregaron distintos antecedentes: uno sobre sus posibles efectos ambientales, otro sobre sus posibles consecuencias para la salud y un tercero que combinaba ambos mensajes.
Los resultados mostraron que los consumidores estaban dispuestos a pagar cerca de cuatro dólares adicionales por 250 gramos de carne de chorito certificada con un 90% de eficiencia en depuración, una tecnología que permite reducir, aunque no eliminar por completo, la presencia de microplásticos.
La información sobre posibles efectos en la salud produjo el mayor cambio: la disposición a pagar aumentó un 56% respecto del grupo de control, mientras que entre quienes recibieron antecedentes sobre consecuencias ambientales el incremento fue de un 21%.
“El efecto ambiental es un efecto externo. En cambio, el efecto en la salud es algo que uno va a intentar reducir lo más que pueda”, apunta el investigador.
El resultado fue diferente cuando ambos tipos de información se entregaron de manera simultánea. En ese grupo, la disposición a pagar no aumentó proporcionalmente y, en cambio, creció la probabilidad de que los participantes optaran por no comprar el producto.
“Es tanta información, es tanto el riesgo que, en vez de pagar más para reducirlo, lo que hago es no consumir”, plantea el investigador.
Barrientos interpreta este resultado como una posible respuesta de saturación frente a la acumulación de información sobre los riesgos, más que como una falta de preocupación por parte de los consumidores.
El estudio se realizó en 2023, cuando, según el académico, los microplásticos todavía eran percibidos como un “problema externo” —presente en el aire, el mar, la tierra—. Desde entonces, nuevos hallazgos sobre su presencia en el organismo humano han modificado el contexto en que se discuten sus posibles efectos.
“Es tanta información, es tanto el riesgo que, en vez de pagar más para reducirlo, lo que hago es no consumir”.
La pregunta del economista
¿Por qué le interesa a un economista cuánto están dispuestas a pagar las personas por reducir un riesgo ambiental? Barrientos estudia las estrategias de mitigación y adaptación que despliegan los agentes económicos frente a estresores ambientales: qué valoran, cómo reaccionan y, en última instancia, si prefieren asumir un mayor costo o simplemente dejar de consumir.
Esa información, sostiene, tiene una aplicación directa en política pública. No se trata de variables macroeconómicas como el PIB o la inflación, sino de diseñar los incentivos correctos para reducir la contaminación.
“Si sabemos que las personas están preocupadas y dispuestas a pagar un porcentaje importante por reducir la contaminación por plásticos, esa información puede orientar políticas destinadas a disminuir su presencia en los océanos chilenos o en el campo”, concluye.
“Si sabemos que las personas están preocupadas y dispuestas a pagar un porcentaje importante por reducir la contaminación por plásticos, esa información puede orientar políticas destinadas a disminuir su presencia en los océanos chilenos o en el campo”.