
Antes de aprender a diagnosticar, un profesional de la salud necesita aprender a mirar.
Parece una habilidad evidente, pero en la práctica clínica observar no siempre significa ver. Distinguir un detalle, reconocer aquello que no encaja, escuchar una interpretación distinta o admitir que todavía no se tiene una respuesta son capacidades que también requieren entrenamiento.
Esa es la premisa detrás de una investigación liderada por Diego Jazanovich, académico del Centro de Educación en Medicina y Salud de la Universidad Finis Terrae, que utiliza las artes visuales para desarrollar habilidades de observación y escucha en estudiantes de Odontología.
El riesgo de mirar rápido
Las carreras de la salud preparan a sus estudiantes para actuar con rapidez: diagnosticar, tratar y pasar al siguiente paciente. Pero esa velocidad también puede tener un costo. “En el día a día, ¿qué vimos y qué no vimos? ¿Cuáles son los puntos ciegos? Si vamos conduciendo y no vemos algo, eso puede traducirse en un accidente. Y en la salud puede tener consecuencias de algo poco humano para el paciente”, dice el cirujano dentista formado en King´s College London.
La metodología que propone busca justamente hacer visible aquello que suele pasar inadvertido. Se basa en las Visual Thinking Strategies (VTS), estrategias de pensamiento visual desarrolladas a partir de las investigaciones de la psicóloga cognitiva Abigail Housen y el educador de museos Philip Yenawine.
La premisa es que las habilidades que se activan al observar una imagen pueden trasladarse a otros contextos. En este caso, lo que un estudiante aprende frente a una obra de arte puede acompañarlo después frente a un paciente.
Pero, ¿cómo y qué puede enseñarle una obra de arte a un futuro odontólogo? El académico ha escuchado muchas veces esta pregunta, y cada vez responde con la misma paciencia de quien defiende, desde hace años, una idea que, en otras partes del mundo, ya no necesita defensa.
“El arte y las humanidades llevan décadas incorporados en la educación médica en instituciones como Johns Hopkins o Harvard”, explica. “Pero en Latinoamérica todavía queda mucho campo por recorrer”. Cuando empezó a revisar la literatura sobre el tema, se topó con un vacío: no existía en nuestro país un programa que llevara las artes visuales a la formación odontológica. Así que decidió llenarlo él mismo.
La metodología se articula en torno a tres preguntas: ¿Qué está pasando en esta imagen? ¿Qué ves que te hace decir eso? ¿Qué más podemos encontrar?
“No le pregunto al estudiante qué piensa, ni por qué piensa eso”, aclara. “Pregunto desde la curiosidad. Eso baja la tensión: el alumno no se siente frente a un interrogatorio, sino frente a alguien que simplemente le pregunta qué historia está sucediendo delante de sus ojos”.
La segunda pregunta —la que pide evidencia— es, según Jazanovich, el músculo de la metodología. La tercera, la que mantiene abierta la conversación, enseña humildad: en medicina, como en la vida, nunca se tiene la respuesta a todo, y está bien que así sea, dice.
“El arte y las humanidades llevan décadas incorporados en la educación médica en instituciones como Johns Hopkins o Harvard. Pero en Latinoamérica todavía queda mucho campo por recorrer”.
Una pintura que nunca falla
Entre las imágenes que lleva a sus sesiones hay pinturas clásicas con escenas médicas, fotografías clínicas y radiografías. Pero hay una que nunca falla: The Doctor, de Luke Fildes, que cuelga en la Tate Britain de Londres. Muestra a un médico sentado junto a un niño gravemente enfermo; detrás, en penumbra, dos figuras que parecen ser los padres, una de ellas con la cabeza inclinada.
“Siempre hay alguien que dice: ahí está la mamá rezando, llorando. Y hay un momento de sorpresa, porque mucha gente no se había dado cuenta de que ahí, en esa penumbra del cuadro, había algo más”. Ese instante —cuando una persona ve algo porque otra lo señaló primero— es, para el académico, “oro puro, incomprable” en la formación de un profesional de la salud.
Apenas un día antes de esta conversación, una estudiante había vivido exactamente eso frente a una reproducción de ese cuadro: no había notado a la madre hasta que un compañero lo dijo en voz alta.
Los estudiantes de quinto año de Odontopediatría de la Universidad Finis Terrae que participaron el año pasado en el programa—y nuevamente este año— también dejaron registro de esa experiencia en entrevistas grupales realizadas por un psicólogo externo a la Escuela, con consentimiento informado y aprobación del Comité de Ética de la Universidad.
Una frase se repite en la memoria de Diego: “El paciente no es solo dientes”. Otra estudiante dijo que tener que explicarle a un compañero lo que otro había visto en un cuadro “me hizo verdaderamente escuchar”. Alguien más habló de poder “expresar nuestras opiniones sin que nadie nos juzgue”.
Permiso para no saberlo todo
Detrás de esas frases hay un concepto que el investigador menciona con insistencia: la seguridad psicológica. Cuando él mismo era estudiante, en los años noventa, no se le habría ocurrido preguntarle a un profesor por qué había puesto tal nota. Las jerarquías en el aula, dice, siguen frenando hoy a muchos estudiantes. “Si digo la respuesta mala, ¿qué va a pensar el profesor de mí?”.
Un cuestionario de autorreporte aplicado a estudiantes de quinto año mostró que solo un 17% decía sentirse siempre cómodo participando en clase, mientras un 22% manifestó no sentirse cómodo. El resto se ubicó en una posición intermedia.
La experiencia del museo
Aunque el ejercicio de observar una obra de arte puede realizarse con imágenes proyectadas en una sala de clases, Diego Jazanovich prefiere llevar a sus estudiantes a un museo. Eligió el Museo Ralli, en Vitacura, por su tamaño y tranquilidad: un espacio pequeño, sin las multitudes del Bellas Artes o el MAC, pero con espacio suficiente para dividir a más de 20 jóvenes en grupos chicos.
“Cambia el entorno por completo, y eso está demostrado con respaldo de la evidencia investigativa”, responde. No hace falta un museo con obras originales para aplicar la metodología, aclara, pero la experiencia física de pisar un museo deja una marca distinta.
Allí ocurrió algo que no esperaba: varios estudiantes contaron a sus tutores que era la primera vez que entraban a un museo.
“Me conmovió pensar que un programa universitario pudiera brindar esa experiencia por primera vez”, dice. “Pisar el museo es algo distinto. Esa vivencia no se borra”.
Formar a los formadores
Los resultados de la metodología ya han comenzado a trascender la experiencia de aula. El programa, bautizado Artful Listening —o EscuchARTE, en español—, fue premiado este año en dos encuentros de la International Association for Dental, Oral, and Craniofacial Research (IADR): obtuvo la distinción a la mejor presentación de la sesión oral del Education Research Group en San Diego y el primer lugar del premio inaugural de la Asociación Chilena de Enseñanza de la Odontología (ACHEO), entregado en la XXXVIII Reunión Anual de la IADR División Chile, en Santiago.
El siguiente paso será profundizar la metodología y formar a quienes la aplicarán. En octubre, Jazanovich viajará a Boston como Fellow de un programa de siete meses de la Universidad de Harvard sobre educación de profesiones de la salud basada en las artes.
“Si no nos ocupamos de formar bien a los formadores, no vamos a lograr nada armando actividades esporádicas para los estudiantes. Hay que llegar río arriba, a los profesores”, apunta.
En la Universidad Finis Terrae, la metodología comenzará próximamente a instalarse desde primer año en la Escuela de Odontología, con miras a extenderse a otros niveles de la carrera y a otras carreras de la Facultad de Medicina y Salud.
“Si no nos ocupamos de formar bien a los formadores, no vamos a lograr nada armando actividades esporádicas para los estudiantes. Hay que llegar río arriba, a los profesores”.
Una vocación no impuesta
Diego Jazanovich es académico e investigador del Centro de Educación en Medicina y Salud de la Facultad de Medicina y Salud de la Universidad Finis Terrae. Su trabajo se concentra en desarrollo docente, innovación curricular e investigación educativa, con especial interés en el bienestar docente-estudiantil y la integración de las artes en la formación de profesionales de la salud.
Es magíster en Educación Médica por la Universidad de Dundee, miembro diplomado de la Faculty of Dental Surgery del Royal College of Surgeons of England, Fellow de la Academy of Medical Educators y Associate Fellow de la International Association for Health Professions Education (AMEE). Este año fue además nombrado representante para Latinoamérica del Education Research Group de la IADR.
Su relación con la odontología, sin embargo, no estaba escrita desde el comienzo. Su padre era dentista, pero él quería ser bioquímico. Fue el interés por la química y una influencia familiar vinculada a la ciencia y la fotografía lo que terminó acercándolo a la profesión.
Su madre, profesora de ciencias biológicas, lectora y aficionada a la fotografía, le enseñó a mirar el mundo también a través de una cámara. Hoy, esa idea de mirar con atención aparece nuevamente en su trabajo con estudiantes.
“Mis papás nunca me dijeron que tenía que ser dentista”, recuerda. “Al contrario: creo que mi papá se sorprendió cuando yo, por mi propia voz, dije que quería estudiar odontología”.
Esa misma voz, dice, es la que intenta rescatar hoy en sus estudiantes frente a una obra: la capacidad de mirar con calma, preguntar sin miedo y aceptar que no toda pregunta tiene una respuesta cerrada.