
Todo comenzó de una pregunta simple: si el pueblo mapuche tiene medicina ancestral, ¿cuáles son sus valores y los principios que la regulan? Detrás de ese cuestionamiento, sin embargo, se escondía un desafío mayor: trasladar una palabra —bioética— que no pertenece al mundo mapuche hacia un territorio de significados propios, sin imponerle una lógica ajena.
Ese fue el punto de partida del proyecto FONIS SA24I0135, “Valores y principios de la medicina ancestral mapuche y su concepción de la salud, enfermedad y muerte”, liderado por el Instituto de Bioética de la Facultad de Medicina y Salud de la Universidad Finis Terrae, en conjunto con la Universidad de La Frontera y la Universidad Central. Al frente del equipo está el Dr. Paulo López Soto, quien durante seis meses se instaló en el Hospital Intercultural Makewe, en Padre Las Casas, y en otras zonas de Temuco para entender —desde adentro— cómo el pueblo mapuche concibe la salud, la enfermedad y la muerte.
La magia de la escucha
El hospital fue, dice el académico, un escenario especialmente fértil, ya que allí conviven la medicina occidental y la medicina mapuche, y trabajan los facilitadores interculturales, encargados de mediar entre pacientes que hablan solo mapudungún y un sistema clínico pensado en otra lengua y otra lógica. En ese cruce, el equipo de investigación —compuesto en su mayoría por enfermeras, matronas y antropólogas, además del propio López Soto como único bioeticista— construyó vínculos con machis, lawentuchefes y sus familias. No llegaron con un guión cerrado. Llegaron a escuchar, combinando entrevistas personales con grupos focales donde se profundizaba en lo conversado individualmente. Esa apertura fue clave para ganarse la confianza de la comunidad y para que el proceso no se sintiera como una extracción de información, sino como un diálogo entre dos formas de conocimiento.
Una figura central en ese proceso fue María Herminia Quiñelén, lawentuchefe que participó de manera directa en la investigación y que ayudó al equipo a interpretar los valores y la realidad de la medicina mapuche desde su interior.
De esas conversaciones fue emergiendo un mapa de cuatro valores que el equipo identificó como “integralidad relacional”, “importancia del territorio”, “autonomía relacional y activa del paciente” y una comprensión de la enfermedad como desequilibrio antes que como falla. Para la medicina mapuche, explica López Soto, “un cuerpo enfermo es un cuerpo desequilibrado —física, emocional, espiritual y territorialmente—, y sanarlo es también asunto de la familia y la comunidad, no solo del paciente. La tierra misma, con sus plantas medicinales, es entendida como una farmacia”.
La investigación no buscó extraer ese conocimiento para juzgarlo desde parámetros occidentales, sino ponerlo en diálogo. El 8 de junio, ese aporte se hizo público en la Décima Jornada de Salud Intercultural, realizada en la Universidad de La Frontera, donde el equipo compartió sus hallazgos con la propia comunidad mapuche que los había hecho posibles. Ahora vienen las conclusiones finales y un material didáctico que se distribuirá entre consultorios y agentes de salud, para que este puente entre dos formas de entender el cuerpo y el territorio no quede solo en el papel.
“Para la medicina mapuche, un cuerpo enfermo es un cuerpo desequilibrado —física, emocional, espiritual y territorialmente—, y sanarlo es también asunto de la familia y la comunidad, no solo del paciente. La tierra misma, con sus plantas medicinales, es entendida como una farmacia”.
Riqueza cultural
—¿Cómo nació la idea de investigar la medicina ancestral mapuche desde la bioética?
—La necesidad nace, en primer lugar, de una pregunta: si el pueblo mapuche tiene medicina ancestral, ¿es posible que tengan valores y principios que regulen esta práctica? Es la misma pregunta que se ha hecho la medicina occidental, y de la cual deriva la ciencia de la bioética. Por eso tiene una trascendencia importante, ya que se trata de trasladar la palabra “bioética”, que no es propia de la medicina mapuche, y eso implica un diálogo hermenéutico a la hora de entender qué hace esta tradición médica y cuáles son los valores que se aplican dentro del territorio.
—Háblenos de los cuatro valores que detectó la investigación.
—El primero es la integralidad relacional, que incluye lo físico, lo espiritual, lo emocional, lo comunitario y el territorio. El segundo valor es la importancia del territorio. El tercero es la autonomía relacional y activa del paciente, que no se entiende solo, sino dentro de su comunidad. Y el cuarto es que la enfermedad se entiende como desequilibrio, no como algo negativo: la salud es equilibrio y la enfermedad es desequilibrio, ya sea emocional, corporal, espiritual o en la relación con el territorio.
—Más allá de la comunidad médica, ¿cuál es el principal mensaje que entrega este proyecto para los chilenos?
—Creo que un mensaje importante es que cada cultura tiene valores y principios valiosos de rescatar, más allá de la caricatura que uno puede hacerse de ella. Esos valores y principios, la cultura a veces los esconde, y nosotros nos quedamos sin profundizar en ellos. Pero cuando los analizamos, encontramos la esencia de la propia cultura y, por lo tanto, su riqueza.
Sobre el investigador
Paulo López Soto es académico- investigador del Instituto de Bioética de la Facultad de Medicina y Salud de la Universidad Finis Terrae, donde también integra el Comité Ético-Científico. Es doctor en teología moral, con mención en bioética, por la Academia Alfonsiana de la Pontificia Universidad Lateranense de Roma.
Su trabajo académico se sitúa en el cruce entre bioética, ética clínica y salud intercultural, con especial atención al diálogo entre saberes biomédicos y conocimientos tradicionales.