38 años construyendo una mirada: la historia de una Facultad que transforma espacios, ideas y personas

Hay lugares que no solo se habitan: también guardan memoria. Sus muros, recorridos y transformaciones hablan de quienes los ocuparon y de las ideas que fueron tomando forma en ellos. […]

Publicado el 24 de agosto, 2026 · 8 min lectura

Hay lugares que no solo se habitan: también guardan memoria. Sus muros, recorridos y transformaciones hablan de quienes los ocuparon y de las ideas que fueron tomando forma en ellos. La sede de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Estudios Creativos de la Universidad Finis Terrae es uno de esos lugares.

En el marco de los 38 años de la Facultad, mirar hacia atrás no significa únicamente recorrer una historia institucional. Es también detenerse a observar cómo una comunidad académica ha construido, durante casi cuatro décadas, una manera particular de comprender la arquitectura, el diseño y la creación: como disciplinas capaces de interpretar el mundo, cuestionarlo y proponer nuevas formas de habitarlo.

Y quizás no exista mejor lugar para contar esa historia que la casa ubicada en Av. Pedro de Valdivia 1224.

Una casa que nunca dejó de transformarse

La historia de este inmueble comenzó en 1934, cuando los arquitectos chilenos Luis Browne Fernández y Manuel Valenzuela González proyectaron una residencia para Francis Sharman, empresario extranjero vinculado a la minería carbonífera en la Región del Biobío y propietario del terreno donde se construyó.

La vivienda fue concebida bajo los principios del renacimiento francés, reconocible por sus ejes de simetría, cubiertas inclinadas con tejas planas, buhardillas y elementos ornamentales. En su acceso destacaba un porche sostenido por columnas de orden toscano, sobre el que se extendía una terraza con balaustrada. En el interior, el vestíbulo conserva elementos como el piso de parquet y una escalera curva que permanece hasta hoy como parte de la memoria del inmueble.

Pero la casa estaba lejos de tener una historia terminada. En 1954 fue adquirida por el cuerpo diplomático de Suecia para convertirse en sede de su embajada. El cambio de uso significó también nuevas intervenciones, realizadas por el arquitecto Jorge Huneeus, quien adaptó la antigua residencia a las necesidades de una representación diplomática.

Fue durante este período cuando el inmueble quedó vinculado a uno de los episodios más significativos de su historia. El embajador sueco Harald Edelstam acogió allí a numerosas personas perseguidas durante la dictadura cívico-militar, llegando en algún momento a refugiar a cerca de mil personas. De esta manera, la casa adquirió una dimensión que trasciende su valor arquitectónico: sus espacios también fueron escenario de protección, solidaridad y memoria.

En 1986, el inmueble pasó a manos de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), institución que realizó nuevas intervenciones en 1988, a cargo del arquitecto Alfredo Vitaglich.

A comienzos de la década de 1990, la Universidad Finis Terrae adquirió la casa para proyectar allí la Facultad de Arquitectura y Diseño. La transformación implicó importantes modificaciones estructurales, lideradas por la oficina Francisco Guerrero del Río y Asociados y ejecutadas entre 1995 y 1999.

La antigua residencia comenzaba así una nueva etapa. Sus habitaciones, circulaciones y patios adquirieron nuevos usos y fueron adaptándose a las necesidades de una comunidad dedicada a proyectar, diseñar, investigar y crear. La transformación no borró sus capas anteriores: las incorporó a una nueva historia.

En 2003, el edificio volvió a ser intervenido, esta vez por Andrés Silva Arquitectos Asociados, oficina liderada por uno de los primeros arquitectos egresados de la Facultad y quien además se desempeñó como profesor de la Escuela de Arquitectura. La intervención de la fachada principal incorporó una estructura metálica sobre el antiguo porche, chapa ondulada en el frontis, geometrías inclinadas y grandes ventanales en los costados.

La propuesta respondió a principios vinculados al movimiento deconstructivista y a las influencias de los debates desarrollados en la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica de Valparaíso, que tuvieron una importante incidencia en el quehacer de la disciplina.

El resultado fue el encuentro entre dos tiempos: la arquitectura de una residencia de comienzos del siglo XX y una intervención contemporánea que no buscó ocultar esa historia, sino dialogar con ella desde una nueva mirada.

En 2010, Marsino Arquitectos Asociados sumó otra intervención significativa: una gran escalera de hormigón armado en el patio norte, bajo la cual se ubican actualmente la sala de herramientas y la sala de maquetas. Posteriormente, en 2019, Andrés Herrera estuvo a cargo de la remodelación del sector donde se encuentra la librería.

Cada arquitecto dejó una marca. Cada intervención respondió a una época, a una necesidad y a una determinada manera de entender el espacio.

Una arquitectura hecha de capas

La historia de este edificio es, en definitiva, la historia de una casa que nunca dejó de transformarse.

Desde su concepción como residencia de estilo renacentista francés hasta su consolidación como sede de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Estudios Creativos, cada intervención ha dejado una capa de tiempo y significado sobre sus muros.

Empresarios, diplomáticos, organismos internacionales, arquitectos, estudiantes, académicos y trabajadores han habitado este espacio. Y cada uno, desde su lugar, ha contribuido a construir la identidad que hoy tiene.

Lo singular del inmueble no está únicamente en la suma de sus transformaciones, sino en la manera en que estas conviven: el porche de columnas toscanas dialoga con la geometría deconstructivista de comienzos del siglo XXI; la escalera de hormigón emerge desde un patio que alguna vez fue jardín; y los grandes ventanales iluminan hoy estudios y talleres donde se forman nuevas generaciones de arquitectos, diseñadores y creadores.

En esas interacciones reside buena parte de su valor. La casa se ha transformado sin perder su memoria. Sus distintas etapas conviven y permiten leer, en un mismo espacio, casi un siglo de historia.

Y en esa condición existe un paralelo inevitable con la propia Facultad. Una institución dedicada a crear y transformar no podía sino habitar un espacio que también ha estado en permanente transformación. Las generaciones cambian, aparecen nuevas preguntas, se transforman las herramientas y surgen nuevas formas de comprender las disciplinas. Sin embargo, existe un hilo que conecta a quienes estuvieron antes con quienes hoy proyectan el futuro. Celebrar 38 años es reconocer ese hilo.

38 años construyendo una mirada

Es reconocer a los estudiantes que alguna vez llegaron con una idea y salieron con una mirada distinta; a los académicos que han acompañado procesos, abierto preguntas y transmitir conocimientos; a los proyectos que comenzaron como ejercicios y terminaron convirtiéndose en propuestas capaces de dialogar con la sociedad; y a una comunidad que entiende que formar profesionales no consiste solamente en entregar herramientas, sino también en enseñar a observar.

Porque diseñar, proyectar y crear implica, antes que nada, mirar. Mirar el territorio, las personas, las ciudades, los objetos, las imágenes, los conflictos y las oportunidades. Mirar aquello que existe, pero también aquello que todavía no existe. Y desde esa observación, imaginar alternativas.

En ese sentido, los 38 años de la Facultad no son solamente una cifra. Son 38 años de preguntas, búsquedas y transformaciones. Una historia que no está cerrada, porque cada nueva generación vuelve a intervenir desde su propio tiempo.

Tal como ha ocurrido con la casa de Pedro de Valdivia 1224, cuya arquitectura ha sido transformada una y otra vez sin que su valor histórico desaparezca, la identidad de una institución también se construye sobre capas. Algunas permanecen intactas; otras cambian; algunas incluso desaparecen. Pero todas forman parte de lo que somos.

Con casi un siglo de trayectoria, el edificio se ha convertido en un hito histórico y arquitectónico relevante tanto para su comunidad académica como para su entorno, siendo también testimonio de distintas etapas de la arquitectura chilena y de la historia del país.

Hoy, la Facultad de Arquitectura, Diseño y Estudios Creativos mira hacia adelante desde esa historia. Lo hace entendiendo que crear también es hacerse cargo del tiempo: de lo que heredamos, de aquello que decidimos transformar y de lo que queremos dejar para quienes vendrán. Porque, después de 38 años, quizás la pregunta más importante no sea cuánto ha cambiado la Facultad, sino qué ha sido capaz de transformar: en sus estudiantes, en sus disciplinas, en su entorno y en cada una de las personas que ha pasado por sus aulas, talleres, patios y pasillos. Así como esta casa ha acumulado casi un siglo de historias, intervenciones y nuevas formas de habitarla, la Facultad también se ha construido a partir de las huellas de quienes la han formado. Y quizás ahí está su verdadera identidad: en aquello que permanece, pero también en todo lo que todavía está por transformarse.