
El trabajo del académico de la Escuela de Historia y director del Centro de Investigación y Documentación (CIDOC) de la Universidad Finis Terrae, Marcelo Casals, es ambicioso. Busca comprender, a partir de un amplio trabajo con fuentes internacionales, por qué la dictadura de Augusto Pinochet fue objeto de un debate político que involucró, a escala mundial, a gobiernos, partidos, sindicatos, intelectuales y organizaciones de los más variados tipos.
La hipótesis central de su proyecto Fondecyt Regular 2022-2026, “Anticomunismo, Derechos Humanos, Neoliberalismo y Democracia: una historia conceptual de la dictadura militar chilena en los ‘1970 globales’”, es que ese debate no era solo “sobre” Chile, sino que nuestro país fue el escenario donde se libraron batallas ideológicas más amplias y donde ideas políticas esenciales de la segunda mitad del siglo XX y, en particular, de los años 1970 adquirieron nuevos significados.
Las preguntas fundamentales que se planteó Casals, doctor en Historia de América Latina por la University of Wisconsin-Madison, son: ¿qué significaba realmente la democracia? ¿Cómo se justificaba el anticomunismo más allá de las fronteras nacionales? ¿De qué manera el lenguaje de los derechos humanos se convirtió en una causa mundial? ¿Y cuándo Chile pasó de ser un experimento local a un modelo internacional del neoliberalismo?
El académico propone mirar la dictadura no como un episodio aislado, sino como parte de un momento histórico más amplio, atravesado por las tensiones de la Guerra Fría.
“La experiencia autoritaria chilena no se circunscribe solo a Chile, sino en las conexiones que explican y moldean la misma dictadura”, afirma Casals. Su tesis es que los conceptos que estructuraron ese período —anticomunismo, derechos humanos, neoliberalismo y democracia— operaron como puentes entre lo local y lo global, articulando redes, debates e imaginarios políticos que excedían con creces las fronteras nacionales.
Uno de los ejemplos más evidentes es el neoliberalismo. “La experiencia radical, sobre todo a cargo de los Chicago Boys con Milton Friedman en los años 70, tiene a Chile como centro de operaciones”, explica. En medio de una crisis económica mundial marcada por la crisis del petróleo de 1973 y el agotamiento de los consensos económicos de posguerra, el caso chileno emergió como un laboratorio.
“La experiencia autoritaria chilena no se circunscribe solo a Chile, sino en las conexiones que explican y moldean la misma dictadura”.
Democracia en disputa
Pero no se trató solo de economía. El anticomunismo, sostiene el historiador, funcionó como una ideología de alcance transnacional. Y, en paralelo, el lenguaje de los derechos humanos comenzaba a consolidarse como una nueva gramática política global. “Neoliberalismo y derechos humanos son dos lenguajes que se convirtieron en temas con redes importantes en el Tercer Mundo”.
En ese escenario, el exilio chileno desempeñó un papel clave, conectando causas, territorios y actores diversos. “Hubo congresos de solidaridad en Libia, vínculos con Palestina, con América Central, con los sandinistas en Nicaragua”, explica. Al mismo tiempo, la dictadura, enfrentada al aislamiento internacional, buscó apoyos en otros lugares: “Encontró en Israel y Sudáfrica aliados que le vendían armas y se veían como espejo; y en los años 80 desarrolló esfuerzos en el sudeste asiático para conseguir respaldo político”.
La democracia, en tanto, lejos de desaparecer, se transformó en un concepto en disputa. “A finales de los años 70, cuando el socialismo empieza a alejarse del horizonte revolucionario, se transforma en nombre del restablecimiento de la democracia”, asegura el investigador. En ese proceso influyeron también cambios globales, como el fin de las dictaduras en el sur de Europa —Portugal, Grecia y España— que marcaron el inicio de lo que se conoce como la “tercera ola” democratizadora.
Desde esta perspectiva, incluso decisiones internas del régimen adquieren otra lectura. “La dictadura queda aislada por el impacto de los derechos humanos, y eso limita su radio de acción. La Ley de Amnistía de 1978 o la Constitución de 1980 también están motivadas por razones internacionales, para mejorar su imagen”, sostiene.
“La dictadura queda aislada por el impacto de los derechos humanos, y eso limita su radio de acción. La Ley de Amnistía de 1978 o la Constitución de 1980 también están motivadas por razones internacionales, para mejorar su imagen”.
Un laboratorio mundial
El proyecto de Casals, que implicó estancias de investigación en centros como la Universidad Libre de Berlín y El Colegio de México, permitió construir una visión de conjunto poco habitual. “Muchas veces entendemos nuestra historia desde un enfoque nacional, y eso es muy limitante”, advierte. “Este estudio incorpora no solo a quienes se definieron como enemigos de la dictadura, sino también a quienes la apoyaron, mostrando una heterogeneidad que no esperaba”.
Esa mirada compleja también se refleja en la metodología. “Uno parte desde un esquema hipotético, pero luego las fuentes te obligan a cambiar. Leer entre líneas, conectar evidencias, identificar actores que no habías visto antes”, apunta. En ese proceso emergió incluso un concepto no previsto inicialmente: la solidaridad, que atraviesa y conecta los distintos ejes de análisis.
Así, la dictadura chilena deja de ser solo un episodio nacional para convertirse en un nodo clave de circulación de ideas y prácticas políticas: “Un laboratorio mundial donde se ensayaron formas de pensar el poder, la economía, los derechos y la democracia que siguen vigentes hasta hoy”.
La dictadura chilena fue “un laboratorio mundial donde se ensayaron formas de pensar el poder, la economía, los derechos y la democracia que siguen vigentes hasta hoy”.
“Lo que busca esta investigación es entender cómo se articulan, se disputan y se transforman estos conceptos en un contexto global”, resume Casals. Porque, al final, muchas de las categorías que hoy estructuran el debate público no son naturales ni neutras: fueron construidas en momentos históricos específicos.
Y uno de esos momentos fue Chile, en los años 70, cuando el país, sin saberlo del todo, hablaba un lenguaje que el mundo entero estaba aprendiendo a pronunciar.