Investigación con impacto

El libro como obra de arte en sí mismo: la investigación de Megumi Andrade Kobayashi

Publicado el 7 de enero, 2026 · 5 min lectura

La académica de la Facultad de Artes busca redefinir la producción literaria y expandir las posibilidades de la palabra escrita. Su Fondecyt de Iniciación se pregunta qué es un libro, de qué manera circula, cómo funciona, con qué códigos, en qué espacios y con qué materialidades.


En el patio del Laboratorio de Investigación-Creación de Publicaciones Artísticas (GPA) que dirige en la Facultad de Artes, la investigadora Megumi Andrade Kobayashi señala que es un misterio entender qué pasó en su infancia que la hizo dedicarse a la literatura.

“Mi familia no leía mucho, había muy pocos libros en mi casa, pero tenía curiosidad por ellos. Yo creo que me vinculé más grande, como a los 17 años: leí a Cortázar y a Borges. Tal vez estaba la sensibilidad, pero no tuve el estímulo. Más tarde me interesó la poesía de corte más experimental y visual con un fuerte vínculo entre la imagen y la escritura y eso me hizo conectarme con los libros de artistas”, recuerda.

El Fondecyt de Iniciación de Andrade Kobayashi —Doctora en Estudios Americanos de la Universidad de Santiago de Chile, Magíster en Literatura, de la Universidad de Chile y Magíster en Estudios de la Imagen de la Universidad Alberto Hurtado— se titula “Qué es un libro: libros de artistas contemporáneos”.

Su trabajo se centra en una serie de libros realizados por poetas y artistas del siglo XXI. Parte de este trabajo implica también una revisión de producciones de los años 60 y 70, que ella reconoce como especialmente fértil en el desarrollo de estas propuestas.

La académica aborda el libro como una obra artística en sí misma: no como el registro o el catálogo de una exposición o de un trabajo menor, sino como una obra de arte autónoma. En ese marco, estudia lo que denomina cierto grado de autorreflexividad de este tipo de publicaciones, es decir, libros que se preguntan lo que son, qué se entiende por un libro, cómo circulan, cuáles son sus códigos asociados y a qué espacio. Busca así comprender desde qué rasgos materiales y formales se reconocen como un libro.

Participación y autoría

Para lograrlo, la investigadora distingue, por un lado, libros en cuya realización participan además del autor, editores, diseñadores y tipógrafos, otras personas que entregan material sustancial para la publicación.

Por ejemplo, el libro Secreto, de María Luisa Portuondo Vila, propone una instalación en el espacio público, donde cuelga paneles con sobres que contienen cartas con secretos de personas, y la gente es invitada a escribir un secreto a cambio de leer el secreto de otro; a partir de eso, la obra se va expandiendo. El proyecto ha viajado a China, Rusia, Brasil y Corea, entre otros países.

Por otra parte, Andrade Kobayashi presenta un segundo tipo de participación. En este caso, un libro invita a un lector o lectora a realizar ciertas acciones en el espacio público, en su vida cotidiana, o dentro del propio libro. Algunos incluyen indicaciones: “rasga esta página, dobla esta sección, arranca esto y escribe una carta”. Este tipo de publicaciones sugiere que “terminada” depende muchas veces del receptor, que está invitado a activar ese libro a partir de distintas acciones, en una lógica de autoría más móvil y diseminada, donde no existe solo una persona que crea el material, sino que pueden ser diez, cinco, veinte, cien o mil personas, explica la académica.

Entre los autores que revisa destaca al poeta italiano Riccardo Boglione; la artista y editora mexicana Mónica de la Torre, quien visitó este año la Universidad Finis Terrae y realizó un workshop para los alumnos en el Laboratorio GPA; el alemán Michalis Pichler, y el chileno Fernando Pérez.

Este mes Andrade publicó un artículo en la Revista Anales de Literatura Chilena de la Pontificia Universidad Católica de Chile en un dossier especial sobre inteligencia artificial: “Ahí reviso publicaciones con fuerte énfasis colaborativo, pero además me pregunto: ¿Qué pasa con el problema de la colaboración, cuando podemos incorporar indicaciones para que una inteligencia artificial produzca imágenes y textos? ¿Qué pasa ahí con la idea de la creación y de autoría?”.

“Para mí la materialidad de las obras es muy importante y está cruzada con mi trabajo en el taller GPA. Estoy todo el día comprando papeles, gestionando publicaciones, haciendo pruebas de impresión y a la vez investigo. Ha sido muy rico para mí que esta investigación esté atravesada por la práctica creativa, ahí se produce de forma orgánica la idea de la investigación-creación”, concluye.

“¿Qué pasa con el problema de la colaboración, cuando podemos incorporar indicaciones para que una inteligencia artificial produzca imágenes y textos? ¿Qué pasa ahí con la idea de la creación y de autoría?”.

-¿Por qué dirías tú que estas investigaciones deben importar al público chileno?

-Diría que al trasladar estas investigaciones al ámbito de las clases, charlas y exposiciones permiten entender que el libro es más que simplemente un contenedor de información: puede establecer ciertas experiencias estéticas, incluso políticas. Esto que comenté de libros hechos a partir de secretos escritos por personas en distintas partes del mundo, hay un colectivo ahí que se está activando y creo que hoy más que nunca generar instancias de conectividad y de encuentro para mí es un acto tremendamente potente. Las publicaciones, sobre todo, me interesan porque generan vínculos, porque permiten desde su producción hasta su diseminación la colaboración de más de una persona. Y este tipo de publicaciones, que son raras, implican activaciones corporales y un encuentro que no es tan común. Ese es el valor.

“Las publicaciones, sobre todo, me interesan porque generan vínculos y porque permiten —desde su producción hasta su circulación— la colaboración de más de una persona”.