Investigación con sentido humano

Las alertas que evidencian cómo comen y crecen los niños y adolescentes en Chile

Publicado el 22 de julio, 2026 · 6 min lectura

Entre los hallazgos más preocupantes de las investigaciones de Edson Bustos Arriagada, académico de la Escuela de Nutrición y Dietética, destacan el consumo masivo de bebidas energéticas entre adolescentes y la brecha entre la percepción de los padres y el estado nutricional real de sus hijos.


Hay profesiones que se ejercen desde la distancia de un escritorio, y hay otras que exigen mirar de cerca, casi a los ojos, aquello que se quiere comprender. Edson Bustos Arriagada pertenece a este segundo grupo. Nutricionista y magíster en Nutrición y Alimentos, mención Nutrición Clínica Pediátrica, del INTA-Universidad de Chile., ha dedicado años estudiando cómo se alimentan, crecen y viven los niños y adolescentes en Chile. Ese trabajo lo ha llevado a moverse entre la docencia universitaria, la investigación y la política pública.

En la Escuela de Nutrición y Dietética de la Facultad de Medicina y Salud, donde se desempeña como profesor asociado, coordina la línea de Nutrición Clínica Pediátrica, dirige el Diplomado en Nutrición Pediátrica: Nuevas Tendencias Alimentarias y es colaborador del área de Metodología de la Investigación del Centro de Investigación en Educación Médica y Ciencias de la Salud de la Universidad Finis Terrae.

Su interés por este campo, cuenta, nació desde sus primeros años de profesión: sus trabajos iniciales estuvieron ligados a la nutrición clínica infantil, lo que abrió una inquietud que iba más allá de la atención directa a los pacientes, hacia la pregunta por las causas de la enfermedad y su relación con el crecimiento y desarrollo infantil.

Ese hilo conductor —la pregunta por lo que comen, y por lo que dejan de comer, los niños y adolescentes chilenos— sostiene también su trabajo como asesor técnico del Ministerio de Salud en materias de alimentación infantil, un rol que le permite trasladar lo que observa en la investigación hacia decisiones que, eventualmente, pueden cambiar la forma en que Chile alimenta a sus niños.

Uno de sus estudios más ambiciosos analizó los datos de más de 8 millones de niños, niñas y adolescentes chilenos e inmigrantes evaluados por la Junta Nacional de Auxilio Escolar y Becas (Junaeb) entre 2013 y 2023. El acceso a esa base, explica Bustos, se obtiene por ley de transparencia y ha permitido construir el llamado mapa nutricional que la Junaeb publica cada año.

Los resultados mostraron un patrón distinto al de la población chilena: los niños y adolescentes extranjeros presentan más estados nutricionales normales y menores niveles de sobrepeso y obesidad, pero también mayores tasas de desnutrición y talla baja.

Mientras Chile lidia principalmente con la malnutrición por exceso, buena parte de Latinoamérica sigue arrastrando también la desnutrición. La explicación, sugiere el investigador, está en la raíz: aunque estos niños llevan años en el sistema educacional chileno, muchas familias migrantes mantienen sus conductas alimentarias de origen, resistiendo la influencia de las costumbres locales. Un hallazgo con consecuencias directas para el diseño de políticas escolares de alimentación, en un país donde la migración, advierte, llegó para quedarse.

La bebida que nadie vio venir

Pero si hay un dato que sorprendió incluso al propio investigador fue otro: con una muestra de 45.042 estudiantes, la encuesta ENPE 2023 de SENDA reveló que un 71% de los adolescentes chilenos ha consumido bebidas energéticas alguna vez en la vida.

“No esperábamos que la cifra fuera tan alta”, admite Bustos. “Nos dimos cuenta de que la venta de estas bebidas estaba totalmente desbordada; se ve a mucha gente joven consumiéndolas, incluso estudiantes, pero no conocíamos la magnitud del fenómeno”.

“Nos dimos cuenta de que la venta de estas bebidas (energéticas) estaba totalmente desbordada; se ve a mucha gente joven consumiéndolas, incluso estudiantes, pero no conocíamos la magnitud del fenómeno”.

La preocupación no es menor, ya que los estudios internacionales señalan que el consumo de bebida energética suele asociarse con un mayor riesgo de consumo de alcohol y otras sustancias. En los datos chilenos, esa alerta se confirma con matices propios —las mujeres comienzan primero, los hombres se suman después—, y en ambos casos el consumo mixto con alcohol aparece con más fuerza justamente donde hay menos supervisión parental. Frente a este panorama, Bustos apunta a experiencias como la de España, donde regiones como Galicia ya restringen la venta de estas bebidas a mayores de edad, y plantea que Chile debiera avanzar en una dirección similar.

Una realidad difícil de reconocer

El segundo dato que inquieta al investigador no proviene de una encuesta a adolescentes, sino de una pregunta hecha a sus padres. Cuando el Observatorio Nutricional Nestlé-Universidad Finis Terrae preguntó a los cuidadores cómo veían el estado nutricional de sus hijos, el 85% respondió que los consideraba con un peso normal. Los datos objetivos de la Junaeb, sin embargo, muestran que solo el 43% realmente lo está.

—Ese dato es muy potente. ¿Cómo explican esta brecha?

—Hay varias teorías. No hemos estudiado la causalidad, pero hay patrones que sí se han repetido en la evidencia. Hay estudios que demuestran que los padres a veces tienen una alteración en la percepción de la imagen corporal de sus hijos, e incluso de ellos mismos, y eso tiene que ver con la normalización de la obesidad. En Chile, el gran problema epidemiológico nutricional es justamente ese: tenemos casi un 52% de los niños en etapa escolar con sobrepeso y obesidad. En una sala de clases, la mitad de los niños vive con esta condición. Entonces ya no es raro y se empieza a normalizar. Si mi hijo se ve igual que el resto, para muchos padres está perfecto.

“En una sala de clases, la mitad de los niños vive con esta condición (sobrepeso u obesidad). Entonces ya no es raro y se empieza a normalizar. Si mi hijo se ve igual que el resto, para muchos padres está perfecto”.

Detrás de esa mirada, explica el investigador, hay algo más que percepción: reconocer el sobrepeso de un hijo puede sentirse, para muchos padres, como aceptar una responsabilidad propia —sobre cómo se educa, cómo se alimenta, qué se ofrece en la mesa—. Esa culpa, sumada a la falta de tiempo, de recursos y de espacios seguros para hacer ejercicio, termina alimentando el mismo círculo que se pretende romper. Porque la obesidad infantil en Chile, insiste Bustos, no es solo un problema de alimentación. También intervienen factores como el urbanismo, la seguridad barrial y las condiciones socioeconómicas. Es un fenómeno multifactorial cuyo primer desafío es dejar de normalizarlo.