Aluvión en Las Condes: urgenciólogo de la Universidad Finis Terrae advierte sobre la importancia de prepararse ante emergencias climáticas

El Dr. Pablo Muñoz, director del Centro de Innovación en Salud Crítica (CRITIS), enfatiza que la respuesta ante estos eventos requiere preparación ciudadana, planificación familiar y una mayor coordinación entre los sistemas públicos y privados de salud para evitar el colapso de los servicios de emergencia.

Publicado el 9 de octubre, 2026 · 6 min lectura

El aluvión que afectó a la comuna de Las Condes el jueves 8 de octubre, tras las intensas precipitaciones que provocaron el desborde de un canal en el sector de Francisco Bulnes Correa, volvió a poner en evidencia los desafíos que enfrenta Santiago ante las emergencias climáticas. La fuerza de la corriente arrastró vehículos, árboles e incluso un bus del sistema RED con pasajeros a bordo, mientras el agua avanzó por distintas calles de la comuna y afectó viviendas y vías de circulación.

Según el catastro informado este viernes por el delegado presidencial de la Región Metropolitana, Germán Codina, cerca de 1.960 viviendas resultaron afectadas, 55 de ellas con problemas graves de habitabilidad, cuyos residentes podrían requerir un traslado.

Ante este escenario, el Dr. Pablo Muñoz, urgenciólogo y director del Centro de Innovación en Salud Crítica (CRITIS) de la Facultad de Medicina y Salud de la Universidad Finis Terrae, advierte que la preparación frente a estos acontecimientos no puede limitarse a la respuesta inmediata de las instituciones. A su juicio, se necesita un trabajo sostenido entre las autoridades, los servicios de emergencia y la ciudadanía, que permita anticiparse a situaciones que pueden sobrepasar la capacidad de respuesta habitual.

Preparación ciudadana y coordinación: claves para enfrentar emergencias

Para el especialista, lo ocurrido en Las Condes demuestra que la preparación debe entenderse como un proceso permanente, que involucre tanto a las instituciones como a las personas.

«Los últimos hechos demuestran que la preparación es muy importante y que estos eventos pueden ocurrir de forma cíclica. En definitiva, la población, el Gobierno, los servicios de rescate y los sistemas de emergencia tienen que estar preparados, más allá de un protocolo o de un papel que diga lo que hay que hacer. Tiene que ser un trabajo conjunto y continuo con la población, las personas afectadas y los sistemas de emergencia», sostiene el Dr. Muñoz.

El académico enfatiza que contar con protocolos no es suficiente si estos no se traducen en acciones concretas y en una preparación que se mantenga en el tiempo. Esto resulta especialmente relevante cuando la magnitud de una emergencia supera la capacidad habitual de atención y obliga a movilizar recursos de distintos sectores.

“Muchas veces, los sistemas de emergencia se ven sobrepasados ante una demanda elevada de atención de salud, rescate y cobijo. Esta situación demuestra que, cuando parte de la red privada se ve afectada, puede disminuir la capacidad de respuesta del sistema en su conjunto, mientras que los servicios públicos también enfrentan limitaciones para cubrir todas estas necesidades. Por lo tanto, es necesario trabajar en una política de más largo plazo”, explica.

En esa línea, plantea que la preparación debe permitir que las personas sepan cómo actuar de manera autónoma y que las instituciones cuenten con planes definidos para responder de forma coordinada, incluso ante acontecimientos que no hayan sido previstos con precisión.

Autocuidado y planificación familiar ante una emergencia

La preparación también comienza en los hogares. Frente a fenómenos meteorológicos que pueden desarrollarse con poca anticipación, el Dr. Muñoz destaca la importancia de que las personas cuenten con herramientas para tomar decisiones y actuar mientras reciben apoyo de las autoridades y los equipos de emergencia.

“Estas emergencias climáticas no avisan con mucha anticipación. Si bien uno deposita su confianza en las autoridades y en las instituciones de salud, es fundamental que las personas estén preparadas para responder de forma autónoma”, señala.

En este contexto, recomienda establecer acuerdos familiares que permitan actuar con mayor claridad durante una contingencia. Entre las medidas que destaca se encuentran definir puntos de referencia, identificar lugares seguros y establecer puntos de encuentro. También considera importante disponer de medicamentos y sus respectivas reservas, materiales para curar heridas y elementos que permitan responder ante cortes de electricidad o de comunicación.

“Contar con un plan previsto para estas situaciones puede ayudar a las personas y sus familias a enfrentar de mejor manera una emergencia”, enfatiza.

El especialista también recuerda que, ante lluvias intensas, tormentas eléctricas o situaciones de riesgo asociadas a la cercanía de ríos y otros cursos de agua, la primera medida es alejarse de las zonas expuestas.

“Si bien puede parecer una medida de sentido común, es importante que las personas conozcan estas recomendaciones y estén preparadas para aplicarlas oportunamente ante una emergencia”, agrega.

El desafío de evitar el colapso de los servicios de urgencia

Además de los riesgos directos para la población, una emergencia climática puede comprometer el funcionamiento de los servicios de salud, especialmente cuando afecta a establecimientos que deben continuar atendiendo a pacientes mientras aumenta la demanda de atención.

Aunque lo ocurrido en Las Condes se concentró en un sector de Santiago, el director de CRITIS advierte que un evento de mayor magnitud podría generar consecuencias más amplias para la red asistencial.

«Los servicios de urgencia, que están disponibles las 24 horas del día, los siete días de la semana, tienen una sobrecarga de atención. Esta sobrecarga hace que el sistema se colapse aún más y aumente la demanda. Por lo tanto, hay servicios que pueden dejar de funcionar, pese a que son de vital importancia», explica.

Ante este riesgo, sostiene que la preparación debe considerar una capacidad adicional para absorber el aumento de las necesidades de atención y responder cuando un establecimiento de salud o un servicio de rescate quede dañado, fuera de funcionamiento o sobrepasado.

El desafío, añade, consiste en fortalecer la coordinación entre los prestadores públicos y privados, de modo que la afectación de una parte de la red no termine comprometiendo la atención del conjunto de la población.

“Si algunos de los sistemas de salud privados fallan, sufren daños o dejan de estar operativos, aumenta la presión sobre el resto de la red asistencial. Por eso, es necesario contar con medidas de contingencia y protocolos que permitan distribuir la demanda entre distintos centros de la Región Metropolitana e incluso de otras regiones, para garantizar una respuesta adecuada a las necesidades de la población”, concluye el Dr. Pablo Muñoz.