¿Por qué una persona elige un espectáculo y no otro? ¿Cómo están cambiando las formas de participar de la vida cultural? ¿Qué ocurre cuando las nuevas generaciones ya no se relacionan con los contenidos únicamente como espectadoras, sino que esperan interactuar con ellos?
Son algunas de las preguntas que aborda el Observatorio de Públicos y Participación Cultural de la Universidad Finis Terrae, dirigido por Javier Ibacache. La iniciativa busca generar conocimiento, impulsar la formación en desarrollo de públicos y contribuir al debate sobre participación cultural y políticas públicas.
Periodista y licenciado en Comunicación Social por la Universidad de Chile, Ibacache ha dedicado más de tres décadas al periodismo cultural, la crítica y la gestión. Su trayectoria incluye el GAM, el Ministerio de las Culturas y el Centro Cultural La Moneda, además de la creación y desarrollo de iniciativas vinculadas a públicos.
En la actualidad es profesor de la Escuela de Teatro de la Universidad Finis Terrae, director de Programación Artística de CEINA y recientemente fue nombrado miembro correspondiente de la Academia Chilena de Bellas Artes.
—¿Cuál ha sido el hallazgo que más le ha sorprendido hasta ahora sobre cómo el público chileno se relaciona con las artes escénicas?
—Creo que lo que más me sorprende es cuánto nos falta todavía por conocer al público.
Para Ibacache, la palabra “público” no se agota en la idea de espectador, sino que remite a algo más amplio: la vida ciudadana, la vida en lo común. “Conocemos poco las prácticas de los públicos en el tiempo. Contamos con mucha más información que hace 30 años, pero sigue existiendo un campo por indagar”, dice.
Entre los cambios que identifica está el mayor acceso a la educación superior, que se ha traducido en nuevos intereses culturales entre las generaciones menores de 35 años. Estas se diferencian de las generaciones “más lectoras” de otras décadas.
La distinción se apoya en un estudio longitudinal del Ministerio de Cultura de Francia, iniciado en los años 70, que reconoce dos generaciones que hoy conviven en la participación cultural: una “lectora”, mayor de 40 o 45 años, formada en ritos y tradiciones más analógicas; y otra nativa digital, más volátil, pero con un arco de intereses más amplio, propio de una cultura globalizada.
Esta segunda generación, agrega Ibacache, es también participativa: “Esperan interactuar con el contenido”, en una lógica marcada por plataformas que favorecen la producción de contenidos propios y no solo su recepción.
“Muchas veces la reflexión la hacemos más desde los públicos analógicos, con una añoranza por otro contexto. Y no siempre nos abrimos a pensar los proyectos actuales en los que están los públicos nativos digitales”, advierte.
Una voz activa en el debate
—Para quienes no conocen el Observatorio de Públicos y Participación Cultural, ¿qué es exactamente y qué problema busca resolver?
—Se propone generar conocimiento, en alianza con entidades dentro y fuera de la universidad; impulsar la formación en desarrollo de públicos, y tener una voz activa en el debate para que la participación cultural sea abordada por la autoridad política. Eso nos lleva directamente a la discusión sobre la valoración de las humanidades y las artes, que tiende a quedar anclada en ciertos agentes.
—¿Por qué instalar un observatorio de públicos en una universidad y no en una institución cultural o en el Estado?
—Muchas veces las organizaciones culturales quedan tensionadas por la contingencia de una gestión, el levantamiento de recursos o las decisiones programáticas. Y, aun cuando se declare que los públicos son sus destinatarios, esa conversación siempre está desafiada por otras tensiones.
La universidad, en cambio, ofrece la posibilidad de profundizar en esa reflexión más allá de las urgencias del día a día. Ibacache conoce esas exigencias por su experiencia en el GAM, el Centro Cultural La Moneda y la Unidad de Públicos del Ministerio de las Culturas. Lideró esta última desde la creación de la institucionalidad en 2018, y el trabajo de esa entidad derivó en la primera Política Nacional de Desarrollo y Formación de Públicos.
“Ahora que tengo la oportunidad de pensarlo desde la academia, creo que puede contribuir mucho al debate, impulsando la investigación que las políticas públicas muchas veces no tienen la capacidad de completar”, apunta.
La distancia entre el ecosistema creativo-cultural y sus audiencias es una preocupación que Ibacache arrastra desde sus años dedicados al periodismo cultural y la crítica. En ese sentido, la Escuela de Espectadores fue durante mucho tiempo un modelo especialmente efectivo: desarrolló un trabajo territorial, cara a cara con los espectadores, con perfiles de público diversos en teatro, danza y cine documental.
El Observatorio, aclara, no busca replicar ese modelo, sino favorecer la aparición de proyectos que trabajen con estrategias de mediación más actualizadas.

El Observatorio de Públicos y Participación Cultural forma parte de FinisCultura, plataforma que articula los espacios artísticos y patrimoniales de la Universidad Finis Terrae. Su trabajo tendrá una vinculación especialmente estrecha con la Facultad de Artes, desde donde se proyectan los primeros pilotos.
En paralelo, ya se han desarrollado mesas técnicas con organizaciones de las artes visuales y escénicas, museos y representantes del mundo digital. Este último ámbito adquiere gran relevancia ante los cambios que la vida digital está produciendo en las formas de participación cultural.
Desde ahí, Ibacache plantea una de las aspiraciones del proyecto: “Que el Observatorio sea un agente que contribuya a poner en valor la participación cultural como parte de las políticas públicas y, sobre todo, como un campo de investigación donde hay muchas hipótesis por poner a prueba y mucha evidencia todavía por indagar”.
La comunidad universitaria tendrá también un papel clave en este desarrollo, tanto a través de instancias de formación como de la eventual creación de laboratorios vinculados a esta línea de trabajo.
El lugar de las humanidades
—Por último, su reciente elección como miembro correspondiente de la Academia Chilena de Bellas Artes reconoce justamente su trabajo en desarrollo de públicos. ¿Qué significa ese respaldo para el trabajo del observatorio?
—El reconocimiento de la academia para mí fue sorpresivo.
Más allá de la satisfacción, destaca que se trata de una distinción que proviene de sus pares y que implica también un compromiso: contribuir a la tradición del Instituto de Chile en los debates sobre humanidades y artes y a su rol público, que, recuerda, va más allá de su resguardo.
Ese compromiso adquiere especial relevancia en un momento en que el lugar de las humanidades y su financiamiento vuelven a ser materia de discusión. Para Ibacache, no se trata de un debate exclusivamente chileno, sino de una conversación que en los últimos años ha atravesado a distintos países.
“Quiero pensar, quizás sea optimista, que el momento que vivimos es una puesta en crisis de algunos modelos para explorar oportunidades, pero sin desconocer ni renunciar a la labor que el Estado debe cumplir en este ámbito”.
Para Javier Ibacache, sin embargo, la discusión no debiera limitarse a cuánto se invierte, sino avanzar hacia los efectos que esa inversión produce en la sociedad y, especialmente, hacia quienes finalmente participan de ella.
“Tengo la impresión de que hasta ahora las conversaciones tienden a quedarse dentro del sector de los primeros beneficiarios y se tiende a obviar a los destinatarios finales”.