En el tercer encuentro de Archi + Visioni, la arquitecta italiana abordó la relación entre arquitectura, paisaje y territorio, invitando a los estudiantes a proyectar desde la observación, la escucha y una comprensión más profunda de cada contexto.
Antes de proyectar, hay que aprender a mirar. Esa es una de las ideas que atraviesa la aproximación de la arquitecta italiana Livia Sassudelli al ejercicio de la profesión. Invitada al tercer encuentro de Archi + Visioni, compartió con estudiantes de la Escuela de Arquitectura su experiencia en torno a la sostenibilidad, el paisaje y las particularidades de cada territorio.
Graduada de la Universidad IUAV de Venecia y actualmente integrante de Macro Design Studio, Sassudelli se especializa en consultoría de sostenibilidad ambiental aplicada a la arquitectura, trabajando con certificaciones como LEED, WELL y BREEAM, además de herramientas de análisis del ciclo de vida de los edificios.
Durante el encuentro, la arquitecta presentó parte de su experiencia profesional y reflexionó sobre cómo estas herramientas pueden incorporarse al proceso de diseño sin perder de vista una dimensión fundamental: comprender el lugar antes de intervenir en él.
Una arquitectura que comienza con la escucha
Para Sassudelli, la arquitectura no debería partir únicamente de una idea formal o de una solución previamente definida. El primer paso está en observar y escuchar, intentando comprender las historias, las condiciones y a las personas que construyen y habitan un territorio.
“Creo que es fundamental involucrarse, tratando de comprender las historias, el contexto y las personas que habitan un lugar, dejando un poco de lado ese impulso de apresurar las soluciones o de imponerse en el territorio”, explica.
Desde esta perspectiva, la arquitectura deja de entenderse como un objeto aislado y pasa a ocupar un lugar de mediación entre las personas y su entorno. Una mirada especialmente relevante al trabajar en contextos tan distintos como la ciudad y la montaña, donde las condiciones naturales, sociales y territoriales plantean desafíos diferentes.
En la montaña, señala Sassudelli, la arquitectura se encuentra frente a ecosistemas particularmente frágiles y a una naturaleza de gran presencia. En la ciudad, en cambio, el desafío suele estar relacionado con un territorio densamente construido, donde resulta necesario reorganizar flujos, recuperar espacios y fortalecer los vínculos entre las comunidades y su entorno.
En ambos escenarios, el paisaje no es un elemento secundario. “No considero nunca el paisaje como un simple decorado de fondo, ni el territorio como un mero soporte topográfico”, plantea, sino como una realidad dinámica en la que conviven memoria, ecología y relaciones sociales.
Sostenibilidad más allá de lo técnico

Otro de los ejes de la conversación fue la necesidad de ampliar la manera en que se entiende la sostenibilidad dentro de la arquitectura.
Si bien la eficiencia energética, las tecnologías y las certificaciones ambientales son herramientas indispensables, para Sassudelli la sostenibilidad también tiene una dimensión social y cultural. Un proyecto puede ser técnicamente eficiente, pero difícilmente será sostenible en el tiempo si las personas que lo habitan no logran apropiarse de él.
“Un proyecto puede considerarse verdaderamente sostenible cuando surge de procesos participativos y de escucha, en los que la comunidad reconoce el espacio como propio y encuentra los medios para habitarlo y cuidarlo a lo largo del tiempo”, señala.
A esto se suma una dimensión temporal y emocional. La capacidad de un edificio para adaptarse a los cambios, envejecer adecuadamente y generar vínculos con sus habitantes también forma parte de su sostenibilidad. “Un espacio que no es querido está destinado, tarde o temprano, a ser abandonado”, sostiene la arquitecta.
Aprender a leer el territorio
Esta forma de entender la arquitectura también plantea desafíos para la formación profesional. Para Sassudelli, enseñar a los futuros arquitectos y arquitectas a leer un territorio es hoy fundamental frente a los desafíos ambientales y urbanos que enfrenta la disciplina.
La topografía, la vegetación, el agua, la orientación de la luz, la historia y las relaciones sociales son algunas de las variables que deberían formar parte de la lectura inicial de un proyecto. No se trata solamente de resolver un programa, sino de comprender qué impacto tendrá una intervención en el ecosistema y en la comunidad donde se inserta.
En su propia práctica, esta aproximación implica reconocer las condiciones existentes como oportunidades de diseño. La pendiente de un terreno, la sombra de un árbol o la presencia de vestigios históricos no son necesariamente elementos que deban eliminarse para dar paso a una nueva propuesta. “Son elementos que piden ser interpretados, no eliminados”, explica.
A partir de esa lectura, el proyecto puede abordar no solo aspectos funcionales o ambientales, sino también la experiencia cotidiana de quienes habitarán esos espacios. Generar bienestar y sentido de pertenencia se convierte así en parte del propósito arquitectónico.
Hacia una arquitectura regenerativa
Para la arquitecta, los desafíos actuales también exigen una transformación en la manera de ejercer la profesión. La gestión de los recursos hídricos, el consumo de suelo y la pérdida de biodiversidad son problemas que exceden los límites de la arquitectura y requieren de una aproximación interdisciplinaria.
En este escenario, Sassudelli plantea la importancia de trabajar desde las primeras etapas de un proyecto junto a ecólogos, paisajistas, geógrafos, sociólogos e ingenieros. La integración de estos conocimientos permitiría abordar el territorio desde distintas perspectivas y avanzar hacia intervenciones más contextualizadas.
Su propuesta apunta a una arquitectura regenerativa, capaz de ir más allá de la reducción de impactos para contribuir activamente al cuidado y recuperación de los territorios.
“Una forma de diseñar que no se limite a construir, sino que intente cuidar el territorio y activar procesos de reparación y cuidado para las comunidades que lo habitan”, explica.
La conversación con los estudiantes abrió así un espacio para repensar el rol de la arquitectura frente a los desafíos contemporáneos. Más que ofrecer respuestas cerradas, el encuentro puso en valor una manera de aproximarse al proyecto que comienza con una pregunta esencial: ¿qué podemos aprender de un lugar antes de intervenir en él?
Una reflexión que conecta directamente con la formación de arquitectos y arquitectas capaces de comprender su entorno, reconocer sus particularidades y asumir la responsabilidad que implica transformar los territorios que habitamos.
