El agua como memoria: retrato de la artista Claudia Müller

Alumni de la Facultad de Artes, recuerda el impulso que recibió de la Universidad Finis Terrae al inicio de su trayectoria, cuando dos de sus obras ingresaron a la colección institucional gracias a un programa de adquisición de artistas recién titulados. Hoy, radicada entre Santiago y Milán y con una exposición individual en Villa d'Este, Italia, repasa el camino que la llevó a convertir el agua en el eje central de su trabajo.

Publicado el 10 de agosto, 2026 · 8 min lectura

A los seis o siete años, Claudia Müller (43) observaba a su abuelo pintar agua una y otra vez. De niña, estaba convencida de que él guardaba en algún cajón un tubo de color transparente, capaz de atrapar el reflejo tal como aparecía en el río. Cuando finalmente entendió que ese tono no existía —que todo era cuestión de color, de lo que se difumina en la distancia y de lo que se define al acercarse—, algo quedó grabado para siempre en su memoria: representar el mundo es, ante todo, un problema de materia.

Su camino como artista comenzó, sin embargo, mucho antes de que el agua se convirtiera en el centro de su obra. Durante su licenciatura en la Escuela de Artes Visuales de la Universidad Finis Terrae, encontró algo que valora especialmente: un programa que compraba obras a egresados recién salidos de la carrera, impulsado por la entonces directora de la escuela, Teresa Gacitúa. “Uno sale de la carrera de arte y queda bastante solo”, dice, y ese tipo de instancias, poco comunes en un país que consume mucho menos cultura que sus vecinos, terminan siendo decisivas.

—¿Es esa apertura de tu escuela lo que más valoras?

—Sí, porque existía este programa de compra para recién egresados y Teresa siempre estuvo buscando la manera de posicionar a sus estudiantes dentro de la escena. Que la universidad nos diera esa especie de impulso fue importante. De hecho, en la universidad hay dos obras mías: Traslado, que es del año 2009, y Olvido anticipado, una obra de madera donde se encuentran caladas casas del barrio de Infante, Providencia; algunas de ellas ya no existen.

Teresa tenía esa mirada, esa visión que para una universidad es fundamental, porque uno sale de la carrera y está realmente solo. De alguna forma, surge la pregunta: ¿qué hago con toda esta información que en realidad no es parte del mercado?

Creo que hay dos cosas, básicamente, que le agradezco a la universidad: la instancia de coleccionismo, porque fueron quienes compraron mi primera obra, y haber comenzado ahí mi carrera académica. Era lindo, porque siempre se hacían actividades en conjunto —y me imagino que hoy también—. Eso generaba una especie de comunidad universitaria, ligada a un circuito artístico que era muy bonito.

Del arte a la ciencia

Una vez egresada, recuerda que sentía que le faltaba una formación más teórica y discursiva. La encontró en el magíster de la Universidad de Chile, donde tuvo como guía al biólogo Germán Manríquez. Con él investigó cómo ver espacios vacíos dentro de la materia y terminó adentrándose en la física y la biología..

El resultado fue Constelante (2011): un remolino de agua generado con un motor y captado en tiempo real con una cámara de seguridad, que simulaba una espiral idéntica a una galaxia. La obra —su primera pieza de agua— quedó seleccionada en la primera convocatoria de la Galería Macchina de la Universidad Católica, y desde entonces Müller no ha dejado de trabajar con el mismo material. “Entendí que el agua tenía una fuerza centrípeta, una fuerza gravitatoria, y que llevaba dentro de sí fenómenos físicos propios del Universo”, explica.

Constelante (2011) fue su primera pieza de agua.

De la observación y de la fuerza gravitatoria pasó al estudio del tiempo. En Semidiurno, montada en la galería Die Ecke, el agua tardaba exactamente tres horas en caer desde unos bidones: el mismo tiempo que la sala permanecía abierta al público. Cuando la última gota tocaba el suelo, la exhibición se cerraba por el día; de noche, unas bombas volvían a subir el agua para repetir el ciclo.

Detrás de esa pieza estaba su madre: “Sentía que su tiempo era muy distinto al mío. El mío estaba lleno de ganas de hacer cosas (…); el de ella iba en reposo”, recuerda. Fue esa distancia, entre un tiempo biológico y otro afectivo, la que la llevó a pensar el agua como una medida sensible, capaz de circular en un ritmo diferente al que está estipulado socialmente. “Observé cómo el agua tiene una condición asociada al ritmo circadiano y a la luna, al sol o los ciclos estelares y astronómicos del planeta”, dice.

La curadora Andrea Pacheco, a quien admira, la ha situado dentro de una generación de artistas chilenos que trabajan con la ecología y el territorio junto a nombres como Rodrigo Arteaga o Claudia González. Müller reconoce que trabaja con la naturaleza, aunque prefiere otra palabra para nombrar lo que hace: no ecología, sino ecosofía, término que toma del filósofo catalán Raimon Panikkar y que, según explica, resulta “menos extractivista”.

La distinción no es menor para alguien que declara abiertamente ser hija de la dictadura. “Nací en dictadura, vengo de una familia muy de izquierda, y todo lo que sigue ocurriendo hoy me sigue tocando el corazón. Hay algo del paisaje y la geografía de Chile que es muy imponente, pero a la vez somos hijas e hijos de una carga política del arte muy fuerte. Creo que el arte del año 2000 en adelante seguía siendo político, teniendo mucho de denuncia, y eso está muy bien, de hecho es necesario, pero a mí me pasa que soy muy sensible al dolor ajeno. Si estudiara a fondo, por ejemplo, el Informe Rettig, terminaría haciéndome una depresión.

Para mí el arte funciona como ancla en mi vida: el planeta, el agua, los cometas que se mueven por el agua. Me maravilla entender que, para la cosmología andina y mapuche, la Vía Láctea es un río en el firmamento —eso me hace mucho sentido—; pienso el agua como un ser que respira entre sus estados líquido, sólido y gaseoso. Toda esa magia que existe en los saberes ancestrales conectados con la naturaleza, con lo que una misma percibe de ella, vibra fuerte en mí. Ahí encuentro todas las respuestas, y por eso me resulta tan gratificante trabajar desde ese lugar”.

Cuando el horizonte artístico se amplió

¿Y por qué, entonces, hacer las obras afuera de Chile? La pregunta incomoda un poco, porque Müller quiere mucho a su país. Pero es honesta: sentía un techo bajo, pocos espacios de exhibición —”a mí me ha coleccionado Claudio Engel, pero poca gente más”—.

Su salida comenzó en 2015, con una residencia en la Fundación BilbaoArte que terminó en premio, exposición y una invitación de la Universidad del País Vasco. Desde ahí no ha parado: vivió en Berlín, atravesó una residencia larga cerca de Roma con el colectivo L’Aquila Reale —financiada por un Fondart nacional en 2023— y llegó a Villa d’Este, patrimonio de la UNESCO, donde presenta actualmente Cosmogonías del agua, su segunda muestra individual en Italia.

“La afluencia de curadores en Europa es mucho mayor que en Chile”, constata sin resentimiento, más bien como un dato de la desigual distribución del consumo cultural entre continentes.

En nuestro país, mientras tanto, quedan sus obras públicas realizadas en conjunto con Häc Arquitectura: Observatorio, en el aeropuerto de Santiago; Astro, en el parque Mapuhue de La Pintana; y Sol, en Arica. Las tres fueron pensadas para marcar solsticios y equinoccios.

Entre las obras públicas que Claudia realizó en Chile junto con Häc Arquitectura está Observatorio, ubicada en el aeropuerto de Santiago.

Es a ese país al que vuelve por tres semanas, dice, más para abrazar a su familia que para exhibir. El resto del año se reparte entre Valencia, donde presentará una obra por una convocatoria de arte público, y de nuevo la montaña cerca de Roma, esta vez con financiamiento de Culture Moves Europe.

Queda, al final, la pregunta por el sistema que la formó y del que, en parte, terminó alejándose. Müller no romantiza la precariedad del circuito chileno —conoce de sobra el desgaste de las postulaciones, los formularios, las listas de espera—, pero tampoco la desconoce como origen de algo propio: su obra Binario (2009), una espiral en código binario armada con tajadas de nueces y sal que le dio una amiga, nació precisamente de la falta de presupuesto para llenar la sala principal de Galería Animal.

“El arte puede sostenerse en ideas bien formuladas, encontrando el material que las haga posibles, más allá de que exista o no financiamiento”, resume. Es la misma convicción que la hace decir, sin ninguna duda, que el arte es político y puede cambiar una sociedad —o al menos ofrecerle una salida.