
Entre una quemadura profunda y el injerto de piel existe un período crítico. Durante esos días, la lesión debe mantenerse estable, protegida y en condiciones óptimas para recibir el nuevo tejido.
Con ese objetivo, un equipo liderado por María Luisa Cerón —académica, investigadora y directora de Postgrado de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Finis Terrae— desarrolla un apósito bioactivo basado en biomateriales y electrospinning. La iniciativa, financiada por el Fondef IDeA I+D 2026 y realizada junto al Hospital de Urgencia Asistencia Pública (ex Posta Central), busca mejorar las posibilidades de éxito del tratamiento.
El desafío no es menor. El manejo de un paciente gran quemado es uno de los más complejos y costosos para el sistema de salud chileno: mantener al paciente con vida requiere sedación completa para controlar el dolor y recambios frecuentes de los apósitos hasta que puede realizarse el injerto definitivo.
Según explica Cerón, doctora en Ciencias de la Ingeniería mención Ciencias de los Materiales de la Universidad de Chile, la propuesta consiste en una “terapia puente”: un dispositivo biomédico que permita el crecimiento celular durante ese período de espera, sin que la piel pierda flexibilidad, como suele ocurrir cuando se colocan parches o injertos convencionales, que dejan la zona rígida, y sin que quede expuesta a infecciones. En términos simples, se trata de adelantar el proceso de regeneración de la piel antes de que llegue la solución definitiva.
Para lograrlo, el apósito incorpora biomateriales extraídos de la naturaleza que poseen propiedades antioxidantes, antibacterianas y que promueven la regeneración de tejidos.
El desarrollo se basa en una estrategia de fabricación mediante electrospinning, una tecnología que utiliza un campo eléctrico para formar fibras ultrafinas a partir de polímeros. Estas fibras se organizan en una estructura similar a una malla, capaz de actuar como un apósito que protege la herida, favorece un ambiente adecuado para la cicatrización y puede incorporar compuestos con actividad terapéutica.
Si bien esta tecnología es ampliamente utilizada en investigación para el desarrollo de biomateriales, requiere equipamiento especializado de alto costo. Por ello, la propuesta considera un proceso de manufactura optimizado que reduzca la dependencia de estos equipos durante la producción, con el objetivo de facilitar un futuro escalamiento y mejorar la viabilidad económica de la tecnología, sin comprometer las propiedades del apósito.
El proyecto inició recientemente y se encuentra en su etapa de implementación. Actualmente, el equipo trabaja en la documentación técnica, la adquisición de equipamiento y la capacitación de estudiantes en el uso del electrospinning, mientras avanza en la habilitación de un laboratorio que complemente las capacidades ya existentes en las facultades de Ingeniería y Medicina. En esta fase deberán cumplirse los primeros hitos técnicos, entre ellos la obtención de los primeros electrohilados.
El desarrollo se basa en una estrategia de fabricación mediante electrospinning, una tecnología que utiliza un campo eléctrico para formar fibras ultrafinas a partir de polímeros. Estas fibras se organizan en una estructura similar a una malla, capaz de actuar como un apósito que protege la herida.
Trabajo colaborativo
El proyecto reúne a tres investigadores de distintas disciplinas: María Luisa Cerón y Renato Galleguillos, de la Facultad de Ingeniería, y Elisa Balboa, de la Facultad de Medicina y Salud. En ese trabajo conjunto, los estudiantes cumplen un papel fundamental. De hecho, ya se han desarrollado dos trabajos de título vinculados a la iniciativa: uno centrado en el diseño del apósito, que dio origen a la postulación al Fondef, y otro, más reciente, orientado a la ingeniería del proyecto.
“Este cruce disciplinario exige un trabajo colaborativo permanente. Un estudiante de ingeniería que investiga electrospinning en un laboratorio debe trasladarse al laboratorio de Elisa Balboa para desarrollar la etapa de cultivo celular, adquiriendo competencias que antes no tenía. Sin ellos, esta cooperación sería mucho más difícil”, explica Cerón.
“Este cruce disciplinario exige un trabajo colaborativo permanente. Un estudiante de ingeniería que investiga electrospinning en un laboratorio debe trasladarse al laboratorio de Elisa Balboa para desarrollar la etapa de cultivo celular, adquiriendo competencias que antes no tenía”.
La colaboración también se extiende al ámbito clínico. La alianza con el Hospital de Urgencia Asistencia Pública, que cuenta con una unidad especializada en pacientes gran quemados, permitió orientar el desarrollo hacia una necesidad concreta del sistema de salud. Sin ese tipo de vínculo, explica la investigadora, una universidad difícilmente puede llevar una idea de investigación hasta una aplicación real. Que el desarrollo pase a un ámbito público tiene, además, una dimensión social: el aporte podría llegar a personas sin acceso a tecnologías más avanzadas.
Para María Luisa Cerón, la motivación detrás de este proyecto responde a una convicción que, a su juicio, debería orientar el quehacer de toda universidad: poner el conocimiento al servicio de la sociedad. Si el dispositivo logra contribuir al tratamiento de pacientes con quemaduras graves, sostiene, el impacto irá mucho más allá del laboratorio.
“La curiosidad y las ganas de seguir investigando son las que nos mueven, pero cuando ese saber se traduce en una ayuda concreta, su valor trasciende una publicación científica”, concluye.
“La curiosidad y las ganas de seguir investigando son las que nos mueven, pero cuando ese saber se traduce en una ayuda concreta, su valor trasciende una publicación científica”.