El pasado sábado 30 de mayo, la Universidad Finis Terrae fue sede del “Seminario del Sagrado Corazón de Jesús”, encuentro que buscaba responder a la pregunta “¿por qué nos consagramos al Corazón de Jesús?”, conmemorando, además, los 80 años de la consagración de Chile al Sagrado Corazón de Cristo.
La instancia fue posible gracias al trabajo conjunto entre la Pastoral de la Universidad y el Apostolado del Sagrado Corazón, y recibió a alrededor de 70 personas, entre profesores, encargados parroquiales y laicos cercanos a esta devoción.
El objetivo del seminario era que “muchas personas conocieran el amor del Corazón de Jesús, que vean que es un corazón que nos ama profundamente y que colma todos los anhelos del corazón del hombre”, asegura Soledad Errázuriz, perteneciente al Apostolado del Sagrado Corazón y una de las organizadoras del evento.
La jornada consistió en dos ponencias: la primera se tituló “Sus heridas nos han sanado. El corazón de Jesús, fuente de vida para el hombre”, impartida por Agustín Recabarren; mientras que la segunda, a cargo del sacerdote Álvaro Aedo, llevó por nombre “Tengo sed. La consagración al Corazón de Jesús como respuesta del amor de Dios”.
Tras su exposición, el sacerdote ahondó en lo que significa consagrarse al Corazón de Jesús: “implica reconocer el amor que Él tiene, saber que Su corazón es expresión del amor de Dios por cada uno y, al mismo tiempo, darnos cuenta de que el Señor también pide ser amado”. Por lo que consagrarse es reconocer ese amor y querer corresponder con nuestra vida”.
Posterior a las charlas, se realizó un momento de adoración al Santísimo, espacio en el que los asistentes pudieron reflexionar sobre las ponencias y preparar el corazón para finalizar la jornada con una misa, celebrada por uno de los capellanes de la Universidad, el sacerdote Ricardo Rocha, L.C.
Magalí Fuentes, parroquiana de Nuestra Señora del Carmen de Ñuñoa y asistente al seminario, aseguró que las charlas le sirvieron para “ver cómo el Señor actúa en nuestro corazón”. Además, destacó que se fue con una misión clara: “ser ojos, brazos y manos extendidas para acoger a todos, bajo el lema de que Jesús es bueno y misericordioso y acoge a todos los que tienen un corazón humilde”.
Para cerrar, Soledad Errázuriz comentó que “estas instancias alimentan el alma y nos remueven un poco para volver a ese amor primero”.
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