
Gonzalo Letelier, doctor en Derecho de la Universidad de Padua (Italia) y decano de la Facultad de Humanidades y Comunicaciones de la Universidad Finis Terrae, explora la respuesta moderna a una pregunta antigua con el fin de entender los dilemas contemporáneos: ¿qué existía antes de que surgieran las instituciones que limitan la libertad? A partir de Hobbes, Locke y la tradición escolástica de Agustín y Tomás de Aquino, propone que el “estado de naturaleza” no es un simple eco del pasado, sino una lente para analizar la legitimidad del poder, sus límites y la relación entre gobernantes y gobernados.
Su proyecto se ocupa de un tema poco abordado por la literatura académica: cómo se forma la idea de un “estado de naturaleza”, que supuestamente existía antes de que se acordaran o se impusieran sistemas de gobierno y dominación que limitaran la libertad de los individuos.
Pese a que los textos y autores que analiza tienen siglos —o incluso milenios— de antigüedad, la discusión sobre cuál era el estado “natural” de la humanidad antes de la aparición de un poder que limita la libertad sigue siendo relevante. Permite comprender tanto fenómenos actuales, como el estallido social o las propuestas constitucionales en Chile, como situaciones cotidianas, por ejemplo, la decisión de pagar o no el boleto al entrar a una micro.
¿Qué había antes de las primeras organizaciones sociales?
“En general, los primeros grandes autores de la filosofía política de la modernidad explican la sociedad fundamentalmente como un artificio que surge de un consenso o un pacto entre los miembros que la integran; ese pacto presupone y asume como hipótesis que antes de vivir en sociedad había individuos que son sujetos de derechos, o que al menos tienen cierto tipo de intereses, y que, entonces, en virtud de un cálculo de conveniencia, deciden suscribir un pacto que los vincula junto con otros y los somete a un poder soberano”, dice el decano Letelier.
Y agrega: “En el fondo, la idea es que el poder político se define por una soberanía, que es sobre todo la capacidad de coaccionar a los miembros de la sociedad, y ese poder coactivo se legitima por un consentimiento que se entiende como producto de un pacto. Esto exige suponer o imaginarse cómo habría sido esa condición antes del pacto. Y eso es lo que, en todos los grandes clásicos de la modernidad, hasta Kant e incluso en autores contemporáneos, con muchos matices, se llamó ‘estado de naturaleza’”.
“En general, los primeros grandes autores de la filosofía política de la modernidad explican la sociedad fundamentalmente como un artificio que surge de un consenso o un pacto entre los miembros que la integran”.
En una investigación anterior, el académico se ocupó de la eventual presencia del concepto en los teólogos escolásticos de los siglos XVI y XVII.
En su actual estudio, Fondecyt Regular 2023, Status (purae) naturae: dimensión política de la “naturaleza pura” y fuentes del “estado de naturaleza”, Letelier explicita la dimensión teológica del problema, alrededor del pensamiento de San Agustín y Santo Tomás de Aquino.
En sus palabras, “los teólogos escolásticos de la época del Concilio de Trento son también juristas. Francisco de Vitoria, Domingo de Soto y Francisco Suárez son eminentemente teólogos, pero hacen mucha filosofía política. Ellos distinguen etapas en la historia de la salvación. Dios crea al hombre, en primer lugar, en un estado de inocencia original, en el que no había pecado ni posibilidad de pecar, y el hombre era naturalmente virtuoso; después, en virtud del pecado original, queda un daño en nuestra naturaleza, por el cual estamos inclinados al mal. En ese contexto, identifican ‘estados de la naturaleza’: está el estado de inocencia, el estado de naturaleza caída y un estado de naturaleza restaurada o redimida por los méritos de Jesucristo. Todo esto les permite plantear la pregunta: ¿cómo sería el hombre si Dios lo hubiera creado sin estado de gracia, es decir, sin dones sobrenaturales, pero también sin pecado? A eso, a esa imagen, le llamaron ‘estado de naturaleza pura’”.
Gobernantes y gobernados
Esta respuesta no parece tener muchas consecuencias políticas. Pero más tarde, Hobbes saca el concepto de su ámbito teológico y traslada su misma lógica a un problema social: ¿cómo sería el hombre si viviera al margen de la sociedad? Y entonces se comienza a pensar la sociedad no como una comunidad, sino como un artificio.
Para que se entiendan los antecedentes de esta cuestión y para comprender la tradición medieval del pacto entre gobernantes y gobernados, que en parte recoge el mismo Hobbes, el Dr. Gonzalo Letelier alude a un relato de la Edad Media.
“En el momento en que el rey de la España unida tenía que ser coronado, tenía que recorrer España, obteniendo el juramento de fidelidad de todas las cortes y reinos. El juramento de los nobles de Aragón decía algo así: ‘Nosotros, que no somos menos que vos y que unidos somos más que vos, os hacemos rey para que defendáis nuestros fueros y libertades; y si no, no’. O sea, nosotros te hacemos rey y lo hacemos con un propósito, lo cual significa que tu poder es limitado, y si tú excedes el ámbito de ese poder, entonces pierdes la potestad. Este juramento reconoce que la sociedad es anterior a la institución de un monarca y que su poder es limitado, y que hay deberes de justicia recíprocos de ambas partes”.
En el esquema moderno de la soberanía, cambia completamente la naturaleza y los fines de esta potestad. Uno de los ejemplos típicos para debatir este punto es el deber del gobernante de cuidar la vida de la población.
“En la lógica de Hobbes, el hombre natural vivía con derecho absoluto a todo y entra a vivir en sociedad. ¿Por qué podría alguien hacer eso?”, se pregunta Letelier. “Bueno, porque tiene miedo a la muerte. Ahora bien, si yo entro a vivir en sociedad y constituyo un poder soberano porque tengo miedo a la muerte, entonces el soberano me puede mandar todo, excepto aquello que pone en peligro mi vida. ¿Por qué voy a arriesgar yo la vida por algo en lo cual participo precisamente para salvarla? Y entonces, por ejemplo, Hobbes no tiene manera de justificar la conscripción obligatoria para la guerra o la pena de muerte. Porque hay un límite”.
Esto lleva a Letelier a pensar en la reciente discusión sobre las propuestas constitucionales y qué hace una constitución. “Limitar el poder y garantizar derechos”, dice. “Una constitución moderna no fundamenta una comunidad de personas. En el fondo, en la lógica moderna, si hay algo que es imposible de fundamentar, es la vida de una comunidad, porque no hay bienes realmente comunes. Esta queda planteada como una sociedad comercial: entras porque te conviene y, en el momento en que te deja de convenir, intentas salir”, explica.
“Una constitución moderna no fundamenta una comunidad de personas. En el fondo, en la lógica moderna, si hay algo que es imposible de fundamentar, es la vida de una comunidad, porque no hay bienes realmente comunes”.
Miedo al castigo
Y en el terreno de la vida cotidiana, la pregunta por el origen del poder político lleva a debatir si el respeto a las normas básicas se funda en evitar la sanción o en compartir el fundamento y el efecto positivo de dichas normas.
Por ejemplo, según Hobbes, los individuos obedecen las normas por miedo al castigo. Pero, “de hecho”, afirma Letelier, “no es así: cuando uno paga la micro no lo hace porque piensa que hay un inspector. Lo que sí pasa es que, si no hubiera sanciones, aquellos que sí se abstienen de actuar mal por miedo a la sanción dejarían de abstenerse y empezarían a actuar mal; y como ellos actúan mal, a los demás no les quedaría más remedio que hacer algo semejante, que es un poco lo que pasó con la anomia del estallido social. Gente que en su vida habría pensado en saquear un supermercado termina metida allá adentro porque piensa que si no se queda sin nada”.
El académico de la Universidad Finis Terrae se encuentra actualmente al inicio del último año de su proyecto Fondecyt, y espera contribuir desde la obra de Aristóteles, Tomás de Aquino, Suárez, Hobbes y otros autores modernos, a echar luz sobre el concepto de “estado de naturaleza”.
De este modo, pretende cumplir en parte su sueño de adolescencia, cuando decidió dedicarse a la filosofía: acercarse al saber desde los clásicos y los principios. “Aristóteles decía ‘lo propio del sabio es que sabe todo sin tener ciencia de nada en particular, porque conoce los principios’. A partir de esos principios, salen luces sobre cualquier otra materia”, concluye.