
En marzo de 2015, un aluvión devastador arrasó la Región de Atacama, causando severos daños en varias localidades, incluyendo Chañaral, y destruyendo el corazón cultural de la ciudad: su Biblioteca Pública.
Gustavo Carvajal, doctor en Estudios Culturales Latinoamericanos por la Universidad de Manchester, investigador de la Escuela de Literatura de la Universidad Finis Terrae y miembro del claustro del Doctorado Interdisciplinario en Humanidades de la misma institución, cuenta que esa devastación se le quedó grabada en la memoria. Él investigaba sobre literatura de desastres y escuchó testimonios conmovedores de sobrevivientes y escritores que relataban el impacto de la catástrofe. “El aluvión partió la ciudad por la mitad y arrasó con la biblioteca. Vi imágenes de cómo el agua entró y destruyó todo”, dice.
Tras el desastre, la Pontificia Universidad Católica de Chile, a través de Biblioteca Escolar Futuro, levantó una biblioteca de campaña. Funcionó casi dos años en ese estado, coordinando los esfuerzos de reconstrucción, además de restablecer el recurso cultural vital para la comunidad.
Con el tiempo, se sumaron diversas organizaciones y fondos, entre ellos, del Gobierno Regional, y se reconstruyó el espacio en un moderno centro de casi mil metros cuadrados con altos estándares tecnológicos.
Para el Dr. Gustavo Carvajal esta experiencia de Chañaral se convirtió en un símbolo de resiliencia comunitaria y esperanza para habitantes de zonas aisladas, y recordarla lo llevó a plantearse una pregunta fundamental: ¿cómo puede una biblioteca pública convertirse en un referente para que una comunidad se una y supere adversidades, recuperando un espacio vital para el aprendizaje y el desarrollo educativo local?
Bibliotecas en zonas de sacrificio
A partir de esta pregunta, nace el proyecto “Bibliotecas resilientes: bibliotecas regionales como ecosistemas de apoyo en situaciones de crisis”, que fue seleccionado por el Fondo Nacional del Libro y la Lectura del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, que propone investigar el funcionamiento de la Biblioteca Pública N°215 de Mejillones y la Biblioteca Pública N°221 de Huasco (ciudades declaradas zonas de sacrificio medioambiental), y su rol en el fomento de la resiliencia comunitaria.
Huasco alberga a más de 60 mil personas, mientras que Mejillones cuenta con poco más de 13 mil, según el INE. Estas dos comunidades están obligadas a habitar territorios oficialmente declarados como de alta intensidad industrial, rodeadas de termoeléctricas y puertos de tráfico intenso, mayormente relacionado con la gran minería. Las caletas y bahías de la zona también son sometidas a tensiones industriales que lentamente contaminan el entorno y dificultan la vida diaria.
Ambos son territorios aislados de los centros de poder y sus habitantes dan la pelea. “Son comunidades establecidas desde el siglo diecinueve, a las que no se les puede pedir que se vayan a vivir a otro lado porque tienen raíces muy profundas y están en proceso de disputa”, explica el académico.
Para la política pública las bibliotecas en Chile son centros de difusión del conocimiento y espacios de socialización. Sin embargo, el Dr. Carvajal señala que, en estas zonas de sacrificio medioambiental, ese rol se ve limitado porque cumplen un objetivo que cruza esa frontera: “Las bibliotecas resilientes son espacios de cohesión y se presentan no solo como guardianas del conocimiento, sino también como faros de esperanza y resiliencia en comunidades que enfrentan desafíos antrópicos constantes”, asegura.
“Las bibliotecas resilientes son espacios de cohesión y se presentan no solo como guardianas del conocimiento, sino también como faros de esperanza y resiliencia en comunidades que enfrentan desafíos antrópicos constantes”.
Impactar en política pública
El académico realizará esta investigación a través de un plan de trabajo etnográfico. Conversará y entrevistará a usuarios de las bibliotecas y a las autoridades, luego elaborará un conjunto de actividades que se difundirá a través de un sitio web, una exposición fotográfica, artículos académicos y un informe ejecutivo final que estará disponible para otras bibliotecas públicas del país.
“El proyecto dura dos años y es la primera vez que elaboro productos pensados para impactar en la política pública, ya sea visualizándolo o haciendo llegar el informe al Ministerio de Desarrollo Social y al Ministerio de Educación, para generar la transferencia de conocimiento que buscamos desde la academia”, afirma el Dr. Carvajal.
“Es la primera vez que elaboro productos pensados para impactar en la política pública, para generar la transferencia de conocimiento que buscamos desde la academia”.
Otra arista que va a desarrollar es contribuir a la reflexión sobre la necesidad de repensar el sistema nacional de bibliotecas. Para Carvajal, se tiene una mirada muy centralista, que no toma en consideración el contexto en el que se insertan. “Mejillones no está tan aislado porque está cerca de la ciudad de Antofagasta, pero Huasco está muy alejado incluso de la capital regional. En esos contextos, la política pública pareciera no considerar las características propias de los territorios”, concluye.
El Fondo Nacional del Libro y la Lectura, que entrega el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, se creó por la Ley 19.227 (1993) y adjudica fondos a quienes fomenten y promuevan proyectos, programas y acciones de apoyo a la creación literaria, la promoción de la lectura, la industria del libro, la difusión de la actividad literaria, el fortalecimiento de las bibliotecas públicas, la investigación del ecosistema del libro en Chile y la internacionalización del libro chileno.