Investigación con impacto

Ismael Amarouch: “La densidad bien entendida es más ecológica, más sostenible y más humana”

Publicado el 2 de junio, 2026 · 8 min lectura

El arquitecto e investigador de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Estudios Creativos lidera un proyecto que cartografía las manzanas del centro histórico de Santiago para explorar nuevas formas de crecimiento urbano que integren patrimonio, vida cotidiana y sostenibilidad.


Ismael Amarouch se formó en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid, ETSAM-UPM, donde obtuvo el título de máster arquitecto en 2014, el máster en Proyectos Arquitectónicos Avanzados en 2016 y el doctorado en la misma disciplina en 2023, con mención internacional y calificación sobresaliente cum laude.

Desde esa trayectoria, y hoy como investigador de la Universidad Finis Terrae, lidera un proyecto adjudicado en 2025 en el Concurso de Investigación con Colaboración Internacional, CICI, que cuenta con la participación de tres profesores e investigadores prestigiosos radicados en Madrid: Nicolás Maruri, profesor titular de la ETSAM y director del grupo de investigación ARKRIT; Jaime Sanz, profesor asociado y director de la carrera de Arquitectura de la Universidad CEU San Pablo, y Alejandro González Cruz, profesor contratado doctor de la ETSAM.

Juntos, cartografían las manzanas del centro histórico de Santiago en busca de un modelo urbano que haga más felices a las personas a partir de la arquitectura y la vida de barrio. ¿Se puede hacer del centro un espacio más confortable? Ismael Amarouch sostiene que sí y, más aún, plantea que el centro de Santiago tiene una tremenda oportunidad arquitectónica.

—Usted titula esta investigación “Las ciudades invisibles del centro de Santiago”, tomando como referencia a Ítalo Calvino. ¿Qué ciudades encuentra ahí que no se ven a simple vista?

—El centro de Santiago tiene una peculiaridad única: acumula capas. Hay una ciudad patrimonial, la del damero fundacional español, con sus patios interiores y su tejido homogéneo. Hay otra ciudad de la especulación, que emergió con el levantamiento de rascacielos a partir de los años ochenta. Y hay una ciudad de la diversidad programática —galerías comerciales, oficinas, vivienda, comercio popular— que convive y a veces colisiona con las anteriores. La metáfora de Calvino nos permite no jerarquizar entre ellas, sino reconocer que todas existen simultáneamente en el mismo espacio, y que esa superposición es lo que hace al centro tan complejo y, al mismo tiempo, tan rico como objeto de estudio.

—La investigación trabaja con tres ejes: disparidad morfológica, diversidad programática y evolución histórica. ¿Cómo se relacionan esos tres focos?

—Son inseparables. La morfología de una manzana —si tiene una torre, un edificio de cuatro pisos o un galpón— no es un accidente: es el resultado de decisiones históricas y de los usos que se instalaron en ella. Y esos usos, a su vez, transforman la morfología. Lo interesante es que en el centro de Santiago esa relación es especialmente visible, porque fue fundado con una lógica muy clara —el damero, la cuadrícula, los patios interiores— y esa lógica original ha sido intervenida de maneras muy distintas a lo largo del tiempo. Cartografiar esas transformaciones es, en parte, cartografiar la historia económica, social y política de la ciudad.

Repensar el centro histórico

—Una de las situaciones que describe es la vacancia en edificios de oficinas, agudizada tras el estallido social y la pandemia. ¿Qué le dice ese fenómeno sobre el estado actual del centro?

—Que hay una oportunidad enorme que todavía no sabemos aprovechar. La oficina tal como la entendíamos hace cuarenta años —un edificio administrativo con trabajadores de nueve a seis— ya no es la norma. Hay muchos edificios vacíos o subutilizados que podrían reconvertirse. La pregunta es ¿hacia qué? Y ahí es donde la investigación toma posición: creemos que la respuesta no es simplemente llenar esos metros cuadrados con cualquier cosa, sino pensar en una mezcla de usos que permita que el centro sea igualmente intenso entre semana y los fines de semana. Que haya vida de día y de noche. Que no sea solo un lugar donde se trabaja y del que se huye.

—Habla de “densificación bien entendida”. ¿Qué la distingue de la densificación especulativa que ya existe?

—La diferencia fundamental es si se piensa en dos dimensiones o en tres. La densificación especulativa apila pisos idénticos de tres metros hasta donde la norma lo permite y maximiza el metro cuadrado vendible. La densificación que nosotros proponemos piensa en esponjamientos: que dentro de un edificio puedan coexistir residencia, espacios de trabajo compartidos, equipamientos colectivos, alturas variables, terrazas, patios elevados. Que la unidad habitacional permita vivir y trabajar, porque ese es un fenómeno muy real hoy. Muchas personas necesitan desarrollar su actividad profesional desde su hogar y la arquitectura residencial estándar los expulsa: en las habitaciones solo cabe una cama, y el salón es para la televisión. Eso es un problema de diseño, no una fatalidad.

¿Y eso tiene efectos más allá de lo arquitectónico?

—Absolutamente. Tiene efectos ambientales directos. Si yo vivo en Nueva Providencia y trabajo en el centro, realizo dos desplazamientos diarios, con todo lo que eso implica en contaminación y tiempo perdido. Si puedo vivir y trabajar en el mismo lugar o a poca distancia, ese impacto se reduce drásticamente. Además, el centro de Santiago tiene una ventaja climática que no se aprovecha: por su compacidad, cuando hace frío hay dos o tres grados más que en Vitacura, y en verano hay más sombra y frescura. Las galerías comerciales, que hoy son un activo subutilizado, funcionan como microclimas naturales. Un modelo de ciudad compacta y bien diseñada reduce la dependencia de sistemas activos de climatización. En un clima mediterráneo como el de Santiago, eso es un recurso enorme que estamos desperdiciando.

“El centro de Santiago tiene una ventaja climática que no se aprovecha: por su compacidad, cuando hace frío hay dos o tres grados más que en Vitacura, y en verano hay más sombra y frescura”.

La ciudad como aula y laboratorio

—La investigación incluye a estudiantes trabajando directamente en el centro. ¿Por qué ese vínculo entre investigación y docencia?

—Porque la investigación no puede ser un ejercicio cerrado. Tenemos un grupo de veinte a veinticinco estudiantes que están haciendo trabajo de campo en el centro, levantando información cartográfica manzana a manzana. Eso los pone en contacto con realidades que no aparecen en los libros: edificios con usos inesperados, vacíos urbanos, galerías que conectan calles de maneras que no se ven en el plano. Y, al mismo tiempo, ese trabajo alimenta el proyecto con una escala de detalle que sería imposible de obtener de otra manera. Es una relación de doble beneficio.

—El resultado de esa investigación se va a exponer en el Café Literario del Parque Bustamante, en Providencia, entre el 15 de junio y el 13 de julio. ¿Cómo se traduce ese trabajo en algo que el público general pueda experimentar?

—Hemos construido una maqueta de ochenta por ochenta centímetros —un cuadrado que remite a la geometría del damero— donde el dibujo del primer piso está grabado en un tablero de madera. Sobre ese tablero, las manzanas están adheridas con imanes circulares, de modo que cualquier visitante puede levantarlas y ver lo que hay debajo: la estructura original, las capas históricas, los vacíos. La idea es generar una interacción física con el material de investigación, que la persona pueda tener dos visiones contrapuestas del centro al mismo tiempo. No queremos que sea solo una exposición para arquitectos: el centro de Santiago les pertenece a todos los santiaguinos, y la discusión sobre qué hacer con él también.

—¿Aspira a que esta investigación tenga algún impacto en políticas públicas?

—Ese es el objetivo. Queremos plantear una propuesta de reequilibrio para el centro de Santiago: una estrategia de densificación que no haga ricos a las empresas de construcción, sino que piense en un urbanismo tridimensional que apueste por lo colectivo, por acortar distancias, por mayor intensidad y vibración urbana. Si los centros son más densos con calidad —no simplemente juntando más gente, sino diseñando bien la convivencia— las personas son más felices. Hay investigación que lo respalda: las relaciones de vecindad, la proximidad y el espacio compartido contribuyen al bienestar de un modo que el modelo de la casa individual en la periferia no puede ofrecer. Esa es la apuesta.

“Si los centros son más densos con calidad —no simplemente juntando más gente, sino diseñando bien la convivencia— las personas son más felices”.

La exposición “Las ciudades invisibles del centro de Santiago” podrá visitarse en el Café Providencia desde el 15 de junio hasta el 13 de julio, con un conversatorio de cierre abierto al público.