Investigación con impacto

La investigación chilena que encontró en el mar una esperanza para frenar la metástasis

Publicado el 5 de junio, 2026 · 6 min lectura

La Dra. Layla Simón lidera un estudio que analiza cómo los extractos del cochayuyo pueden inhibir la glucólisis, un proceso clave que permite a las células tumorales obtener energía, migrar y colonizar otros tejidos. Una conversación sobre ciencia, algas y la tenacidad de buscar respuestas donde otros no miran.


El cochayuyo —esa alga parda que los chilenos conocen desde la cocina— guarda algo más que nutrientes. Una investigación del Centro de Investigación Avanzada en Nutrición y Salud, CIANS, de la Universidad Finis Terrae identificó que sus extractos, ricos en florotaninos, son capaces de interrumpir uno de los mecanismos más letales del cáncer: la metástasis.

El estudio, titulado “Los extractos ricos en florotaninos obtenidos de algas pardas chilenas inhiben la glucólisis inducida por caveolina-1 y el potencial metastásico de las células cancerosas”, parte de un hallazgo clave: las células cancerígenas aceleran su consumo de glucosa para poder migrar y colonizar otros tejidos. Al tratar esas células con extractos de Durvillaea incurvata —nombre científico del cochayuyo—, ese proceso metabólico se interrumpe y, con él, la capacidad de las células de dispersarse.

Layla Simón es bioquímica de la Universidad Juan Agustín Maza de Argentina, doctora en Ciencias Biológicas de la Universidad Nacional de Córdoba y autora de dos libros de educación nutricional dirigidos a la infancia: “Comer saludablemente” y “Renata y sus amigos”.

Del mar al CIANS

—¿Cómo llega el cochayuyo a un laboratorio de oncología?

—Fue una unión de dos mundos. La doctora e investigadora de la Universidad Finis Terrae, Salomé Mariotti, había obtenido un extracto de algas con potencial actividad antitumoral y nosotros, junto al doctor Andrew Quest, teníamos un modelo que nos permitía probar el efecto antimetastásico. Cuando esas dos líneas se encontraron, el proyecto tomó forma solo.

—En términos simples, ¿qué significa que el extracto inhiba la glucólisis y por qué eso es relevante para frenar la metástasis?

—Las células tumorales tienen un metabolismo de la glucosa muy acelerado. Ese consumo exagerado de azúcar es lo que les permite moverse, proliferar y hacer metástasis. Cuando tratamos esas células con el extracto de alga, se inhibe ese proceso —la glucólisis— y con eso se reduce su potencial de migrar. En términos aún más simples: les cortamos el combustible.

¿Y cómo funciona ese mecanismo a nivel molecular?

Las enzimas, en general, tienen un sustrato específico con el que interactúan de manera casi perfecta, como una llave y su cerradura. Hay compuestos en el alga —como el carmalol y el eckol— que se parecen a ese sustrato, pero no son lo mismo. Entonces compiten, se meten en el sitio de la enzima —en este caso la hexoquinasa-2— y la bloquean. Al bloquearla, se interrumpe toda la cadena del metabolismo de la glucosa.

Probaron esto tanto en laboratorio como en organismos vivos. ¿Hay diferencia entre ambos resultados?

La mayor parte del trabajo se hace primero en células, porque es más fácil de manejar y controlar. Luego lo validamos en animales, que es como una prueba final, una validación preclínica antes de pensar en modelos más cercanos al ser humano, como organoides o ensayos clínicos. En este caso, los resultados en ambos contextos fueron positivos, lo que es muy significativo.

—¿Cuánto tiempo puede tomar el camino hasta una aplicación real en pacientes?

Eso siempre es la presión del investigador, la famosa transferencia. En nuestro caso hay una ruta interesante: la doctora de nuestra universidad Salomé Mariotti está trabajando con estos mismos compuestos para tratar la sarcopenia —la atrofia muscular en adultos mayores— y están desarrollando un producto que contiene el extracto para probarlo en pacientes. Si eso funciona y no tiene efectos adversos, podría abrir también un camino hacia la oncología. Pero todo toma su tiempo.

¿Lo proyectan como un tratamiento independiente o como algo que acompañe a las terapias convencionales?

No estamos diciendo que reemplace a la quimioterapia. Lo que planteamos es usarlo como coadyuvante, algo complementario que podría tener efectos beneficiosos con muchos menos efectos adversos. Las terapias convencionales generan dolor, náuseas, caída de cabello, malestar general —y no garantizan el cien por ciento de éxito. Si hay algo que puede sumar, con menos daño para el paciente, eso tiene un valor real.

Si tuviera que comunicarle este hallazgo a una persona que enfrenta una metástasis hoy, ¿qué le diría con honestidad?

Le diría que hemos encontrado algo que, a nivel preclínico, parece tener un efecto positivo. Que todavía faltan investigaciones para probarlo en pacientes, pero que los resultados son alentadores. Y que hay personas dispuestas a seguir buscando.

“No estamos diciendo que (el extracto de cochayuyo) reemplace a la quimioterapia. Lo que planteamos es usarlo como coadyuvante, algo complementario que podría tener efectos beneficiosos con muchos menos efectos adversos”.

Trabajo con algueras

Usted destaca que el cochayuyo es una fuente económica y sostenible. ¿Es realmente abundante en las costas chilenas?

Sí, y hay dos maneras de aprovecharlo de forma sostenible. Una es cosechar la planta preservando el disco de fijación —la base— para que vuelva a crecer. La otra es recoger lo que el mar mismo deja en la orilla: algas que llegan naturalmente a la costa con el recambio normal del ecosistema. Aprovechar eso sería usar algo que de otra manera simplemente se pierde.

¿Han conversado con las comunidades que recolectan el alga?

Esa conexión la tiene especialmente la doctora Mariotti, que trabaja directamente con las algueras. Es un diálogo que existe y que es fundamental, porque la investigación no puede estar desconectada de las personas que viven de ese recurso.

¿Qué explica que usted se dedique a ser investigadora en el área de la bioquímica? ¿Qué gatilló esa manera de encontrar nuevas verdades?

Creo que siempre me movió la curiosidad, el querer entender cómo funcionan las cosas. Y también el convencimiento de que hay soluciones más allá de las que ya conocemos. A veces uno cree que, a esta altura de la humanidad, todo está descubierto. Y entonces resulta que un alga tirada en la orilla del mar, en un país con miles de kilómetros de costa, tiene algo que decirle a la ciencia.

“A veces uno cree que, a esta altura de la humanidad, todo está descubierto. Y entonces resulta que un alga tirada en la orilla del mar, en un país con miles de kilómetros de costa, tiene algo que decirle a la ciencia”.